Un nuevo fantasma recorre el mundo

por Alondra Carrillo

Hace ya algunos años un fantasma recorre el mundo y en esta ocasión, se trata del fantasma del feminismo. Por todas partes comienzan a nacer nuevas formas de agruparnos; las mujeres comenzamos a encontrarnos en espacios que, en algunos casos, por primera vez se sienten propios. Escuchamos en la voz de otras relatos que son también los nuestros. Lo que había sido un peso silencioso, un malestar subterráneo, un dolor sin forma, comienza a tener contornos delineados colectivamente. El temor que nos había mantenido alejadas, que había gobernado nuestras decisiones, que nos había apartado de ciertos trabajos y acciones se disipa. Nos encontramos haciendo cosas nuevas, juntas; cosas que sin saberlo pensábamos que no eran para nosotras. Las organizaciones incapaces de hacer frente activa y responsablemente a la reproducción del machismo en su interior se resquebrajan. Algunas terminan, con esto, de morir.

Al interior de este movimiento comienzan a aparecer apuestas diversas que, de hecho, ya estaban ahí. Si revisamos lo que ha sido, se puede ver que esto no comenzó hoy ni hace dos años. Nos enfrentamos a dilemas cíclicos, que se repiten. Tenemos una historia de disputa, de conflicto y de aprendizajes colectivos.

El despliegue de los acontecimientos de este último tiempo, y la forma que ha tomado nuestro incipiente ejercicio de poder propio, han terminado por configurar al menos dos alternativas generales. Por una parte, se nos ofrece una identificación colectiva, en este ejercicio de reconocimiento, en el que aparecemos como víctimas. El dolor de una violencia sistemática ejercida contra nosotras se codifica como un grito de protesta que nos afirma en ese lugar. Un lugar que acentúa nuestra vulnerabilidad, que nos recuerda que la inseguridad que nos acecha a tod-s en este territorio también puede tener rostro de mujer.

Por otra parte, aparece la posibilidad, quizás mucho más difícil de asumir, de constituirnos como una fuerza colectiva que pueda poner en cuestión radicalmente la vida que hoy tenemos en nuestro territorio, ampliar nuestro reconocimiento a la diversidad que nos constituye, y poner nuestras vidas precarizadas en el centro del debate, como el problema político que debemos atender. Preguntarnos por nuestras vidas implica comenzar a interrogarnos también por lo que debemos hacer para transformarlas. Y con ello, por las formas de organización que debemos levantar, las alianzas que debemos construir, y el programa de transformación que, juntas, podemos producir.

Afortunadamente llegamos este punto con algunas certezas. Una de ellas es permitir que nuestra vida cotidiana ilumine los múltiples conflictos que debemos atender, y plantearnos la necesaria tarea de tomar esa vida cotidiana con responsabilidad política. Comprender ese ejercicio como un momento imprescindible, que interpele nuestra actividad política desde lo que nos es más íntimo y que, a la vez, nos permita ampliar las bases de nuestra acción conjunta. Nuestras vidas iluminan conflictos tan diversos que pueden ir desde la vivienda hasta la defensa del agua, desde las pensiones de miseria hasta la salud que siendo un negocio nos condena a la muerte.

Esto es, quizás, lo fundamental. Hoy una de las alternativas posibles es plantear el foco en la precarización de la vida y en la forma de terminar con ella, como resultado de habernos apropiado de la potencia política de interrogar y cuestionar nuestra realidad cotidiana, en toda la radicalidad que eso significa. Es a través de esa interrogación permanente que podemos avanzar en reconstituir los vínculos de solidaridad y trabajo conjunto al interior de nuestras organizaciones. Es con esa reconstrucción de la solidaridad, que la clase de la que somos parte puede desatar la potencia de constituirse como un agente y desarrollar su capacidad de plantearse las tareas que sean necesarias para transformar la vida. Hoy tenemos la alegría de saber que el feminismo es una fuerza que pone en movimiento esa capacidad.

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