Adelanto exclusivo: Algo nuevo anterior (memorias) de Mauricio Redolés

El destacado músico y poeta presentó su magistral autobiografía donde construye un retrato de Chile. Su detención y tortura durante la dictadura militar cuando era estudiante de Derecho en Valparaíso, su vida durante el exilio en Londres y el difícil regreso a una pactada democracia forman parte de un viaje único.

Para Mauricio Redolés “la poesía está botada en la calle” y eso lo convierte en un maestro de la prosa sencilla, cercana, capaz de construir un retrato perfecto de Chile durante las últimas décadas. “La relación directa de Redolés con la vida, hecha de muchas voces, me hace pensar en una feria de barrio un día domingo”, señala el poeta Rafael Rubio.

Algo nuevo anterior (recuerdos) también nos habla sobre la cotidianeidad y su vida de vecino del Barrio Yungay. Su nuevo trabajo profundiza en el viajero, lector, músico y poeta imprevisible.Mauricio-Redole╠üs-publica-sus-recuerdos-en-Algo-nuevo-anterior-foto2

Te invitamos a leer un extracto de su nuevo libro donde relata un episodio en el Partido Comunista, con el humor que solo Redolés puede lograr.

EN UNA OCASIÓN, en una latosa reunión de la célula londinense del Partido Comunista chileno en la que yo militaba, la persona que dirigía la reunión, que para esta historia denominaremos Abedul Valenzuela, advirtió en un tono muy estalinista: «Compañeros, voy a proceder a leer el informe político que ha llegado desde el Comité Central. Les advierto que, por orden de la dirección, luego de la lectura se permitirán cinco minutos de intervención por militante, en la que no debe haber preguntas». De inmediato, un compañero militante de la célula que denominaremos Lenin Soto, pidió la palabra, a lo cual Abedul Valenzuela respondió: «Compañero Lenin Soto, creo haber sido bastante claro al decir que daré la palabra luego de la lectura del informe del Comité Central, y ahí usted podrá intervenir, aunque sin preguntas», a lo que Lenin Soto replicó: «No compañero, yo no quiero los cinco minutos para intervenir, sólo quiero hacer una pregunta». Esto enfureció a Abedul Valenzuela: «¿Acaso no he sido claro con que no se permiten preguntas?». Retomó la palabra Lenin Soto, quien alzando la voz, retrucó: «Compañero Abedul, usted todavía no lee el informe del Comité Central, y yo entendí que usted no permitiría preguntas con respecto a ese informe, pero mi pregunta no es sobre el informe, ya que yo tendría que ser adivino para saber en qué consiste el consabido informe para respecto a éste. La otra posibilidad es que yo hubiese participado en la elaboración del informe, para lo que tendría que ser miembro del Comité Central y estar viviendo en Moscú, honor que no tengo, ni creo merecer». Las toses, carrasperas, risas ahogadas, inundaban el pequeño salón en que estábamos reunidos unos dieciséis chilenos y chilenas en medio del barrio de London Bridge. Alguien dijo: «Ya pos, pónganse de acuerdo», a lo que Abedul Valenzuela respondió, alzando la voz y apuntando con su índice al que pedía acuerdo: «¡Compañero, yo no le he dado la palabra! Recuerde pedirme la palabra para intervenir, y sin hacer preguntas». La sala quedó en silencio. El primero en hablar, luego de que pasara un ángel, fue Lenin Soto, quien, mirando a todo el mundo con un hilo de voz, preguntó: «¿Puedo hacer mi pregunta?». Abedul Valenzuela, hombre del sur profundo de Chile, exclamó: «¡Puchacay! ¡Si yo no soy na’ de papel lustre puh compañero! ¡Les digo por última vez, pidan la palabra primero poh!». Una octogenaria militante del Partido hizo resonar el salón con estentórea voz de mujer fumadora: «¡Compañeros, con la palabra o sin la palabra, permítanme decir algo. Escuchemos primero, con respeto, el informe del Comité Central, y luego, todos juntos, veamos cómo sigue la reunión. Yo no he atravesado medio Londres para venir a escuchar cómo ustedes se entrampan en una discusión sobre formalidades muy lejana a los métodos del Partido de Recabarren». Parecía haberse cerrado la discusión entre Abedul Valenzuela y Lenin Soto, pero surgió la aguda voz de otro viejo militante, quien, sólo por formalidad, levantando la mano y mirando fijamente a Abedul Valenzuela, le dijo: «Compañero, permítame usar mis cinco minutos para decir algo». Lo interrumpió Abedul: «Compañero, sus cinco minutos que le corresponden, porque aquí en el Partido somos todos iguales, no quepa duda, se los daré luego de la lectura del informe». Todo el mundo reclamó. Alguien gritó: «Ya pos “Abe” cabréate, deja hablar al compañero». El viejo militante, envalentonado entonces, continuó: «Compañeros, y que me perdonen las compañeras, pero en Chile está desapareciendo gente, compañeros nuestros, y nosotros, y que me perdonen las compañeras, por qué rechuchas nos entrampamos en discusiones güeonas». El anciano compañero estaba colorado, despeinado y al levantarse del sofá se le cayeron las Revistas Internacionales y los rojos Boletines del Exterior. Pedí permiso para ir al baño. Creo que no me lo dieron, pero fui igual.

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