El verdadero rostro de la agroexportación

Fotografía de Claudio Aguilera Ortiz

Por Clara Tapia

El Agronegocio es un modelo de producción de tipo primario exportador, que se caracteriza por la instalación del monocultivo, el cual extrae del suelo una enorme cantidad de nutrientes que no se devuelven a la tierra nuevamente, generando un desgaste, agotamiento del suelo y paralelamente desertificación de los territorios y pérdida de la flora y fauna autóctona.

 

La violencia del Agronegocio se ha ejercido a través de la expulsión (migración obligatoria) del campo  y la proletarización de las campesinas y campesinos, la apropiación de sus tierras y recursos naturales por la burguesía nacional y extranjera, las inversiones del Estado al servicio de las  corporaciones, la instalación del monocultivo como único sistema de producción, la utilización indiscriminada  de insumos químicos en el proceso agroproductivo (fertilizantes, hormonas, controladores de plagas y enfermedades) y la utilización de semillas genéticamente modificadas. Lo anterior provoca un enorme desequilibrio medioambiental y por consiguiente también social, ya que se generan superplagas que se van haciendo resistentes y mutando con las aplicaciones de agroquímicos, contaminación de suelos, aguas superficiales y subterráneas con estos  agroinsumos, lo que afecta en la concentración de la riqueza beneficiando a ciertos sectores sociales. En definitiva un daño estructural a la biodiversidad en los ecosistemas y exclusión social de la masa campesina[1].

 

Con el establecimiento del Agronegocio, las dinámicas que se llevan a cabo en la ruralidad sufren un quiebre estructural, a partir del despojo de las tierras durante la contrareforma agraria  y el empobrecimiento de  los campesinas y campesinas. Algunos de ellos venden su mano de obra a la agroindustria mientras que otros adecuan su forma de producción a una lógica capitalista, es decir, instalan el Agronegocio a una escala reducida, desprendiéndose así  de la cuestión cultural que determina la vida campesina, en otras  palabras se pierde paulatinamente la conexión con la tierra y la concepción cultural vinculada a la ruralidad.

 

Situación laboral de las y los trabajadores de la agroindustria:

 

Entre 400 mil y 500 mil chilenos trabajan en la cosecha de frutas en cada temporada (de septiembre a marzo): el 50% son mujeres y el 70% de ellas trabaja sin contrato, sometidas al arbitrio del “contratista”. Las escasas condiciones laborales contrastan con el crecimiento de las agroexportaciones. En relación a lo anterior la uva de mesa, por ejemplo, aumentó sus exportaciones de US$ 553 millones en 1996 a US$ 1.041 millones en 2006. En la misma década las exportaciones de vino crecieron de US$ 293 millones a US$ 965 millones. Y los embarques de frutas, en general, se incrementaron en esos diez años, de US$ 1.266 millones a US$ 2.407 millones.

 

Hoy existen en Chile tres categorías de trabajadores agrícolas: permanente, temporal directo y temporal subcontratado. Según una investigación del Centro de Estudios de la Mujer (CEDEM) en el sector vitivinícola -la actual estrella de las agroexportaciones- el trabajo permanente lo conforman 70% de hombres y 30% de mujeres, el temporal directo en un 60% es ejecutado por hombres y 40% por mujeres. Pero en el temporal subcontratado, el más precario, el 60% son mujeres.

Esta estratificación del trabajo en el campo revela que es en el sector rural donde se mantiene más arraigada la estructura patriarcal, el cual ubica a las mujeres en una posición de subordinación respecto del hombre.

 

Una importante característica del empleo temporal agrícola es el significativo número de mujeres presentes en esta actividad, dando lugar a un fenómeno inédito por su relevancia en la historia de la agricultura chilena: la feminización del mercado del trabajo agrícola (Riquelme, 2000; Valdés, 1988), especialmente en packing. Una encuesta no representativa realizada por Agrocap, confirma la feminización de los packing, pues en el año 2009, el 76% de su fuerza laboral está constituida por mujeres (Agrocap, 2009: 12).

 

Dentro de las problemáticas que afectan a los trabajadoras y trabajadores de la agroindustria podemos identificar la extensión de jornadas y cambios de horarios arbitrarios, robo por parte de los contratistas de salarios destinados a AFP y salud, baños y comedores precarios y en algunos casos inexistentes pagos por faenas estancadas y pago de 3 faenas como una,  movilización sin las condiciones mínimas de seguridad, trabajos basados en la competencia,  baja fiscalización hacia los contratistas y exposición a agroquímicos altamente dañinos (cerca del 68% de las mismas ocurren en contextos explícitamente laborales, dentro de las que el 46% pertenece al área agrícola y forestal (SEREMI Coquimbo, 2011: 5). Del mismo modo se han evidenciado dolencias  originadas  de desórdenes  nerviosos  como  los  dolores  de  cabeza  o  el  estrés,  molestias  osteomusculares  como  la  tendinitis,  artritis  o  lumbago,  trastornos  digestivos  y  dolencias producidas  por  la  excesiva  exposición  al  sol.  También  se observan altos índices de infecciones urinarias, sobre todo en las mujeres, debido a las precarias condiciones  de  salubridad  de  los  servicios  higiénicos  (ANAMURI,  2007;  Caro  y  de  la  Cruz,  2005; Ciper, 2007; Henríquez et al., S/F).  Además un  estudio  llevado a cabo con temporeras de  la  zona  centro  del  país  determinó  que  los  malestares asociadas  al  contacto  con  agrotóxicos  eran  en  su  totalidad  de  carácter  leve  (dolor  de  cabeza,  deestómago,  mareos,  etc.),  seguidos  de  problemas  a  la  piel,  de  dificultades  visuales  y,  por  último, respiratorias  (Riquelme,  2000).  Anexando también efectos en la función reproductiva, ya sea  a  través  de  efectos  teratogénicos  (malformaciones)  y  mutagénicos  (daño  genético) (Riquelme, 2000: 5). Todo esto es la realidad que se vive en gran parte de los fundos debido a la nula fiscalización de la inspección del trabajo, dejando a la temporera y el temporero desprotegido ante las arbitrariedades del o la contratista y los empresarios agroexportadores.

Ante tan adverso escenario yla severa repercusión que genera la precarización laboral en la salud de las y los trabajadores de la agroindustria, se hace imprescindible fortalecer los espacios organizativos de las y los trabajadores de este sector, generar instancias que fomenten el autocuidado del cuerpo y la instalación de un sistema de salud integral bajo control comunitario, develar la peligrosidad de la utilización de agrotóxicos y exigir el no uso de plaguicidas de clasificación extremada y altamente tóxicos. Para finalizar aseverar que solo las y los trabajadores mediante la lucha, solidaridad y organización podrán recuperar la dignidad y los derechos sociales que le han sido arrebatados.

[1]Grain. (2006). “Resistiendo los agronegocios”. Extraído de: https://www.grain.org/article/entries/1119-resistiendo-los-agronegocios

 

1 Comment

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.