12 de octubre: Multisectoralidad, interculturalidad y la deuda de la izquierda

Por Nitram Cerda

Ad portas de la conmemoración de los 524 años de la llegada de la civilización occidental al continente americano, hoy no sigue habiendo razón alguna para celebrar.

Y es que nunca está de más recordar que la llegada del europeo a nuestra América provocó el genocidio más grande conocido por estas asoladas y aguerridas tierras, acabando con muchas culturas que aquí habitaban originalmente y que además se relacionaban de diversas formas tanto entre pares como con su entorno, diferentes de lo que el colonizador comprendía como la verdad y lo real. También es conocida la historia sobre las enfermedades que trajeron estos hombres blancos debido a las pésimas costumbres higiénicas desarrolladas en la civilización de la razón y la luz, y que causaron tantas muertes como las conseguidas por la espada y el fuego.

Tampoco nunca debe olvidarse que luego de la conformación de los estados nacionales hace 200 años en lo que el pueblo Kuna llama Abya Yala, cambió el sujeto opresor y explotador de los pueblos de este. Ahora ya no solo era esa relación desigual entre colonos/indios en nombre de un Rey y un Dios como nos hacía creer la historiografía oficial -pero que todxs sabemos que fue por la riqueza mineral y de lo que luego le llamarían “recursos”-. Ante la caída de la monarquía como sistema dominante, la aparición de la república y del Estado no solo modificó los actores, sino también los mecanismos de colonización que se aplicaron desde el siglo XIX hasta nuestros días. Así la Educación estatal -la prohibición de hablar en la lengua materna, la humillación y discriminación por ser “indio”, la imposición de un sistema cultural por sobre sus propias instituciones-, la religión católica y luego la cristiana -generando un marco moral totalitario y alejado de la naturaleza-, la economía capitalista -muy distinta a los sistemas de intercambio productivo- y la política -la pérdida de la capacidad de administración política del territorio, el encarcelamiento de autoridades ancestrales y la ilusión de poder tener representantes en los diversos parlamentos de los estados invasores- se convierten en las nuevas espadas y biblias con las cuales los Estados Modernos y las clases dominantes subordinan a los grupos étnicos oprimidos y a las clases trabajadoras de todo el continente.

A lo largo de la noche de los 500 años, la resistencia a estos modelos de colonización se ha hecho carne en la historia, en donde diversas culturas latinoamericanas que han permanecido en el tiempo y en la lucha, nos comienzan a trazar un camino al cual como revolucionarios del continente americanos no podemos hacer vista gorda. Tal por ejemplo es el caso del Zapatismo que irrumpió un 1 de enero de 1994 en una forma de concebir la lucha contra el colonialismo y el imperialismo desde la tradición revolucionaria y la forma de organización propia de las culturas indígenas de Chiapas. Así nace el Mandar Obedeciendo, una forma de organización política que desafía las concepciones vanguardistas del marxismo occidental – desde Lenin hasta Gramci- que hasta el momento eran hegemónicas en los grupos de Liberación Nacional de diversos países.

Hoy en Chile, la izquierda del poder popular -organizaciones políticas y sociales que abogan por la reconstrucción del tejido social popular y la generación de instituciones propias de la clase trabajadora, más que a la disputa institucional o la marginalidad política- tiene un consenso estratégico frente a la multisectorialidad, es decir, la estrategia de compenetrar los distintos campos populares en luchas comunes para así generar polos de resistencia mayores y con fuerza proyectiva hacia el conflicto con lo establecido. Este consenso estratégico a pesar de abarcar las luchas estudiantiles y sindicales -por ejemplo- aún no afirma una apertura hacia la interculturalidad como forma de diálogo entre pueblos con un enemigo en común. Y no la interculturalidad bajo el prisma estatal que implica la apertura de espacios en el sistema dominante bajo la ilusión de incidencia política -como lo podría ser un senador Aimara o Kaweshqar-, sino la interculturalidad entre los pueblos oprimidos por el estado de Chile, , el pueblo mapuche, el pueblo licanantay -atacameño-, rapanui y el pueblo de la clase trabajadora, en dialogo fraterno y conflictuando la realidad para así lograr la emancipación sobre el Estado, por autodeterminación y soberanía.

Y es que hoy se nos abre una posibilidad real y concreta de establecer alianzas con los sectores más avanzados de los distintos grupos étnicos que habitan el territorio -y por sobre todo con los hermanos mapuche- en busca de la soberanía de nuestros pueblos. Pero esto genera un gran desafío para la izquierda del poder popular, y es comenzar el tránsito desde una planificación política de tipo occidental como la que estamos acostumbrados a hacer, hacia una praxis política que sea respetuosa de los otros grupos político/culturales y que no pretenda ser la vanguardia, sino uno más de los grupos aglutinados por la convicción de la emancipación social de los estados y el capital.

Para finalizar esta reflexión en conmemoración del mal llamado día de la Raza, citamos al pensador latinoamericano Raúl Zibechi (2015) cuando evalúa las posibilidades de los movimientos latinoamericanos de conflictuar lo real, diciendo que “ese dialogo entre las dos orillas de la civilización -Oriente y Occidente- tiene en América Latina sus mejores chances (…) El zapatismo es parte de todo eso desde el punto teórico, pero también práctico. Incorpora el feminismo, la teoría crítica, la autonomía y otras ideas occidentales. Pero nosotros, ¿estamos dispuestos a incorporar algo de la cosmovisión india? Ahí el desafío es nuestro, porque de lo contrario estamos queriendo hacer pasar el zapatismo por las “orcas caudinas” de la teoría revolucionaria moderna (…) Si no nos movemos de nuestro lugar solo veremos la lucha indígena como un aporte interesante, casi cosmético, sin duda folclórico. Pero es hoy la mejor chance que tenemos de revisar a fondo todo lo que los revolucionarios occidentales hemos hecho rematadamente mal. Más aún: si no lo hacemos, las posibilidades de superar el capitalismo serán menores”.

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