Análisis: “El otro 11 de Septiembre”

El Otro 11 de Septiembre[1]

por Neil Faulkner[2]

 

Hay dos 11/9. En el más conocido, el 2001, la gente de Nueva York fueron el blanco y murieron 3.000 personas. El menos conocido fue en 1973. En este caso, fue un golpe militar apoyado por el gobierno estadounidense contra un gobierno democráticamente elegido en Chile. Más de 5.000 activistas fueron asesinados, 30.000 detenidos, y uno de los movimientos de trabajadores más poderosos del gran aumento mundial de conflictos de clase entre 1968 y 1975 fue destruido.

 

La historia de Chile entre 1970 y 1973 tiene grandes lecciones que enseñarnos. Nos recuerda que los dichos de nuestros dominadores, como avatares de la democracia, son mentiras. Una “democracia” manipulada desde arriba les provee apariencia de legitimidad. Pero una verdadera democracia desde abajo, que empiece a amenazar su poder y sus ganancias, es un peligro mortal. Luego de eso, es solo una cosa palos, pistolas y campos de concentración.

 

Pero hay una lección aún mayor: se relaciona con la realidad del poder, cuando lo que está en juego es tanto. Tiene que ver con el carácter irreconciliable de la lucha de clases cuando el problema del poder estatal aparece; o sea, cuando una crisis social y política se vuelve una crisis revolucionaria, y surge la posibilidad de que una clase desplace a otra en el control de la sociedad. Chile experimentó una crisis así entre Octubre de 1972 y Septiembre de 1973.

 

“Aquellos que hacen la revolución a medias”, dijo el lider jacobino francés Louis Antoine Saint-Just dos siglos antes, “solo cavan sus propias tumbas”. Esos socialistas, podríamos decir hoy, que fallan en comprender las diferencias entre una reforma y una revolución, arriesgan repetir los errores de Salvador Allende, del gobierno de la Unidad Popular, y de la izquierda chilena en 1973.

 

Revolución y contra-revolución en Chile.

 

“No puedes hacer la revolución jugando a las bolitas”: esa fue la conclusión de un activista de la clase obrera en una fábrica de Chile, en 1972. “Cuando hay un problema, nosotros los trabajadores tenemos que estar al frente. Hemos aprendido más en estos pocos días, que todo lo que aprendimos durante los anteriores dos años.”

 

La burguesía chilena había tomado la ofensiva contra el gobierno de ya dos años, de la Unidad Popular y de Salvador Allende. En un largo y delgado país, casi totalmente dependiente en el transporte por tierra para el movimiento de mercaderías, los camioneros se habían ido a huelga.

 

Eran la punta de lanza de un intento más amplia para desestabilizar al gobierno de izquierda y así derrotar al ascendiente movimiento de trabajadores industriales, campesinos y pobladores. Los dueños de tiendas también paralizaron, y los jefes de las fábricas saboteaban la producción. Chile se veía amenazado por la paralización económica.

 

Salvador Allende había sido electo en 1970, a la cabeza de una coalición de izquierda dominados por la por partidos socialdemócratas y comunistas. La UP se aseguró el 36% de los votos, tras una década de los 60 dominada por olas de huelgas, ocupaciones de terrenos y radicalizaciones.

 

Los objetivos de Allende eran moderados: quería continuar con una paralizada reforma agraria, nacionalizar industrias clave, impulsar una economía estancada, aumentar los salarios, y reducir el desempleo. El creía que esto se podía lograr a través del parlamento.

 

Ávido por asegurar el apoyo de los ricos, los grandes negocios y la clase media, expresó un firme apoyo a la propiedad privada y al Estado. La policía fue usada para reprimir protestas populares y grupos de izquierda. Se dedicó a luchar contra “un fenómeno de tendencia divisionista que atenta contra la homogeneidad de la UP”.

 

Pero esto no hizo nada para conciliar con la burguesía. Ellos temían que al movimiento de masas, sobre cuyo apoyo el gobierno descansaba. La moderación de Allende dividió y desmotivó a sus propios partidarios, mientras dio confianza a sus enemigos. El paro camionero de Octubre de 1972 fue el resultado: fue un abierto intento de derrocar al gobierno.

 

El ejército y los cordones industriales: poder dual.

 

El resultado final no dependía de Allende: dependía de los cordones. Estos eran organizaciones democráticas populares que unían a los trabajadores en fábricas y comunidades. Los cordones eran capaces de actuar de forma independiente al gobierno. Actuaban para dirigir la acción directa de las masas, y así romper el boicot de los patrones.

 

El transporte fue organizado para mover comida y otros bienes esenciales. Las tiendas fueron reabiertas y las fábricas tomadas por sus trabajadores. Se montaron sistemas de distribución en las poblaciones, incluyendo comedores colectivos para los niños pobres. Se establecieron sistemas de defensa y vigilancia para resistir la violencia facista. Los cordones se expandieron en una red nacional.

 

Los eventos de Octubre de 1972 crearon una crisis revolucionaria. Los cordones eran alianzas entre trabajadores sindicalizados, trabajadores desorganizados, trabajadores del agro, y pobladores. Encarnaban el liderazgo desde abajo, desatado del conservadurismo de los políticos de la UP. Y formaron una consciencia de su propio poder, al enfrentarse contra los dueños de los transportes. Eran el embrión de una verdadera democracia del pueblo.

 

La aparición de los cordones aumentó aun más lo que estaba en juego. La respuesta del gobierno fue un giro hacia la derecha. Allende declaró estado de emergencia nacional, e invitó a varios generales a unirse a su gabinete.

 

Los camioneros bajaron inmediatamente el paro: el gobierno reconstituido representaba, para ellos por lo menos, una importante victoria. El ejército procedió a “restaurar el orden”, realizando acciones para desmovilizar al movimiento popular, y para devolver el control de las fábricas a sus dueños anteriores.

 

Un Problema de Liderazgo.

 

El gobierno de la UP era cada vez menos un protagonista, y cada vez más un espectador, en la ascendiente confrontación de clase entre la burguesía chilena, representada por el ejército, y el movimiento popular, representado por los cordones. Aumentaban más y más las conversaciones secretas entre los altos generales, sobre un golpe de Estado. En los cordones, por otro lado, había una fatal ausencia de liderazgo con claridad de miras.

 

La mayoría de la izquierda chilena era parte de la UP. Muchos activistas eran críticos a Allende y a sus ministros de derecha en el gabinete, pero ninguno en términos de crear un quiebre completo para crear una nueva organización. Sus objetivos eran transformar a la UP, una coalición reformista, en un partido revolucionario.

 

Incluso aquellos a la izquierda de la UP, como el Movimiento Revolucionario de Izquierda, estaban demasiado confundidos como para prestar un efectivo liderazgo popular. El diario del MIR respaldó la invitación de Allende a los generales para integrar el gabinete, argumentando que “las fuerzas armadas tienen un rol patriótico y democrático que jugar en … apoyar a los trabajadores en su lucha contra la explotación”. Posteriormente, en julio de 1973, el mismo diario llamaba a una “dictadura conjunta del pueblo y las fuerzas armadas”.

 

Toda la izquierda chilena estaba en un pantano desastroso en relación a la naturaleza del Estado, el carácter del poder dual, y de la diferencia entre reforma y revolución.

 

El Estado existente, que representaba a los ricos y a las grandes empresas, era inherentemente hostil al movimiento popular. Por el otro lado, los cordones tenían el potencial de evolucionar en una forma alternativa de organización, basada en la participación democrática de masas. Estas dos fuerzas políticas constituyeron una forma de “poder dual”, entre octubre de 1972 y septiembre de 1973.

 

El poder dual es inestable. Es por ello que la revolución no puede estar quieta. O avanza a nuevas victorias, o termina con la derrota del movimiento de masas. A finales de 1972, la polarización política y social en Chile era de tal nivel, que cualquier clase de compromiso era imposible: no había una salida intermedia para la crisis. En cierto momento, el gobierno reformista de la UP tendría que ser derrocado por la acción revolucionaria del movimiento popular, o sería derrocado por el ejército actuando a nombre de la burguesía.

 

El Golpe Militar.

 

Esto – hasta que ya fue demasiado tarde – la izquierda chilena no pudo comprender. En consecuencia, el potencial de los cordones nunca se realizó; nunca fue forjado un movimiento insurreccional único y unificado para tomarse el poder estatal, para la desposesión de los ricos, y para la transformación socialista de la sociedad chilena.

 

Un intento de golpe el 29 de junio de 1973 provocó una respuesta similar por parte de Allende a la crisis de octubre: declaró estado de emergencia, trajo una segunda camada de generales a su gobierno, y llamó al ejército a restaurar el orden.

 

Julio y agosto fueron meses de una crisis en escalada. La economía estaba paralizada a causa de una segunda paralización de camioneros, y el parlamento estaba trabado por resoluciones de impugnación antiallendistas. Pero los ministros de la UP guardaron su veneno para sus propios partidarios, denunciando a la izquierda mientras alababan el “patriotismo y lealtad” de sus fuerzas armadas.

 

Incluso en aquel momento, los eventos pudieron haber terminado de forma diferente. En las elecciones parlamentarias de marzo el voto de la UP aumento a un 44%. Los cordones habían extendido su influencia. Nuevas secciones de la clase obrera habían sido traídas a la batalla. La resistencia popular a la represión durante este segundo estado de emergencia fue amplia y militante. Muchos trabajadores se reusaron a devolver las fábricas a sus antiguos dueños, y en cambio demandaban que se tomara toda la industria.

 

Pero una coordinación y un liderazgo revolucionario a nivel nacional faltaban, mientras la crisis se acercaba a su clímax. El ejército desmantelaba y desarmaba de forma cada vez mayor a fragmentado movimiento de masas, preparando el terreno para el golpe que habían estado planeando en conjunto con los terratenientes y los patrones, las corporaciones multinacionales estadounidenses y la CIA.

 

A las 9 de la mañana del 11 de septiembre de 1973, el palacio presidencial en Santiago era rodeado por tanques. Allende se suicidó. Miles de partidarios fueron detenidos y encarcelados en bases militares o campos improvisados, incluyendo el Estado Nacional. Muchos fueron posteriormente violados, torturados, y asesinados. Se estima que 30.000 fueron detenidos, y hasta 5.000 fueron asesinados en los años que siguieron al golpe.

 

El movimiento revolucionario chileno fue, de esta forma, decapitado. La gente común y corriente cayó en la resignación y pasividad. Y mientras el dictador Augusto Pinochet consolidaba su poder, los siniestros gurús de la economía “monetarista” salieron desde las tinieblas para experimentar con sus modelos sobre la espalda rota de la democra

[1] Título original: “The Other 9/11”. Disponible en: http://www.counterfire.org/index.php/articles/75-our-history/16630-the-other-911.

[2] Traducción de Luis Cortés.

Fotografía: “CHILE. Parade militaire au Parc Cousino. Santiago, 18 septembre, 1971”. Raymond Depardon, Magnum Photos.

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