Apuntes sobre el modelo primario exportador y la crisis socio-ambiental

por Andrés Ardiles

 

Desde que esta larga y angosta faja de tierra comprimida entre el océano pacífico y las cadenas montañosas andinas fue colonizada por la invasión europea, se le asignó un papel primario exportador de dos caras.

 

Una, como una enorme cantera de extracción de recursos naturales, principalmente minerales -incluyendo el mercado de piedras preciosas que tanto hizo brillar los ojos del mercantilismo colonial-, sustancias producto de los ciclos biogeoquímicos y maderas de excelente calidad conseguidas mediante la tala del bosque nativo, la otra, como un gran fundo agrícola de cultivos para producir alimentos. Este carácter de la economía chilena, lejos de desdibujarse con el tiempo, ni con la independencia política, ni con el paréntesis industrializador que significó la época de la “alianza para el progreso” y el “modelo de sustitución de importaciones”, se ha perfeccionado poderosamente hasta convertir al país en uno de los grandes íconos de la exportación de materias primas y productos de escasísima industrialización -bienes que generalmente conocemos como “commodities”-, y en aquel con el mayor número de Tratados de Libre Comercio suscritos con diferentes naciones.

Últimamente está en boca de muchos, desde activistas a académicos, el concepto de “extractivismo” como una palabra que define o al menos engloba una parte fundamental del modelo económico chileno. Y bien, es cierto, hay una clara lógica extractivista en muchos de los grandes nodos económicos del país, pero sería bueno hacer algunas puntualizaciones.

Este modelo extractivista se compone de al menos dos formas distintas de obtener las materias primas. La primera es la extracción propiamente tal, es decir “sacar sin restituir”. Esto es así no sólo porque no se hagan intentos por restituir, sino porque generalmente se trata de recursos que no se pueden regenerar en muchísimos años, y que además del tiempo, dependen de intrincados procesos biogeoquímicos y ecológicos que sólo la naturaleza puede llevar a cabo. Hablamos así de recursos no renovables, sobre los cuales se ha sustentado la economía del país en variadas ocasiones. Los principales ejemplos históricos de esta tendencia son la extracción de salitre que se realizaba en la zona norte del país, hasta que los alemanes inventaron el salitre sintético en los años 30s; la minería del carbón y el cobre, en donde principalmente la del cobre tuvo un desarrollo enorme, haciendo de Chile el principal exportador de Cobre a nivel mundial. Otros sectores importantes que podemos ingresar en esta categoría es la pesca industrial, industria altamente cuestionada en los últimos años por reducir drásticamente las poblaciones de peces como la merluza con técnicas de pesca altamente destructivas como “el arrastre” y por haberse descubierto la enorme cantidad de intereses políticos conectados a este negocio, regalando los permisos de pesca a precisos grupos económicos -conocidos como “las siete familias”-, y el sector maderero dedicado a la obtención de maderas “nobles” mediante la tala del bosque nativo tanto en la zona central del país como en el sur.

El uso de los territorios del hemisferio sur como canteras de recursos para los países industrializados del hemisferio norte sigue siendo una realidad y en aumento, de hecho la extracción de materiales primarios, principalmente maderas y minerales en América Latina pasó de 2.400 millones de toneladas en 1970 a 8.300 millones de toneladas en 2009. A su vez, América Latina captó el 27% de las exportaciones mineras a nivel mundial para el año 2014.

La segunda forma es el cultivo. Aquí no existe un “sacar sin restituir” del recurso en cuestión, aunque en general se devastan sin restituir otros elementos de la naturaleza para instalar los cultivos, como en la industria forestal. Es importante destacar que si bien esta forma comparte la lógica extractivista de la venta masiva de materia primera sin procesamiento complejo, no se trata de extracción propiamente tal, ya que estamos hablando de cultivos en donde en algunos casos se trata de producciones con una gran adición de energía y materiales, como en los huertos frutícolas y cultivos piscícolas. En este punto destacamos que el extractivismo -en su forma extractiva “pura”- no es el único demonio antiecológico como se vocifera tanto. Un ejemplo importante: la industria forestal.

El desarrollo histórico de la industria maderera de cultivos forestales entre 1931 y 1973 -aserrada, pulpa, papel y otros derivados de productos forestales-, se dio dentro de un clima proteccionista y de fomento a la sustitución de importaciones. De hecho, uno de los objetivos de oro de la industrialización del país, fue el Plan Nacional de Forestación cuya meta era forestar 450.000 hectáreas con pino insigne y eucalipto para el quinquenio 1966-1970, y que tenía como meta a largo plazo forestar 5 millones de hectáreas en 35 años. Objetivo que felizmente nunca se cumplió. Comprendiendo ahora el enorme problema que significan los monocultivos forestales y considerando el complejo conflicto político-social que es la industria forestal en este país, ¿se imaginan esas 5 millones de hectáreas de plantaciones forestales finalizadas ya cerca del año 2000? El concepto comodín que utiliza la industria de cultivos antiecológicos, como la forestal, la salmonera y en buena parte la agrícola, es el de recurso renovable, buscando con ello limpiar la imagen de sus actividades de alto impacto social y ecológico. Ejemplos de esta lavada de cara hay bastantes, como la campaña maderera “Bosques para Chile”, en donde bajo el concepto de recurso renovable se nos mostraba una imagen sobrevolando un infinito desierto verde de pinos. Más de alguien se acordará de esta campaña que aparecía a cada rato en la TV, frente a la que es importante siempre recordar: ¡plantaciones no son bosques! Otro ejemplo es el discurso de la industria hidroeléctrica, que también se auto-justifica aludiendo a que se trata de un método que utiliza un recurso renovable -el agua- para generar la electricidad, a diferencia de la industria termoeléctrica, que ocupa combustibles fósiles no renovables. Excelente, modifiquemos el ecosistema de un río, inundemos un valle, sus bosques y praderas, desterremos a las comunidades que viven en él y esparzamos miseria, todo usando agua renovable.

Es importante entender que tanto el industrialismo como el extractivismo han estado históricamente carentes de un enfoque ecológico, y opinamos esto porque el ecologismo que planteamos no es compatible con el capitalismo ni con ningún sistema en el cual la economía no esté en concordancia con aquella economía más amplia y compleja que es la biosfera, la naturaleza circundante, que brinda la energía y materiales básicos necesarios para el desarrollo de la sociedad humana. Tal y como se afirma en el libro El Ecologismo de los pobres, “en la economía ecológica se considera que la economía está incrustada en el ecosistema, o para decirlo de forma más precisa, en la históricamente cambiante percepción social del ecosistema”.

Esto último es un punto de vital importancia para el desarrollo de una perspectiva ecológica de cambio. Comúnmente las posiciones ecologistas técnicas se traban en su crítica y terminan siendo asimiladas por el proyecto capitalista porque se enredan en la lógica de sustituir tecnologías y métodos por otros “más verdes”, y ese justamente no es el punto. No cambia mucho el panorama cambiando todos los Pinnus radiata de los predios forestales por alguna especie nativa de crecimiento similar, ni cubriendo el desierto de atacama con paneles solares para satisfacer las necesidades energéticas del modelo. El problema es el sistema económico, político y social en el que nos encontramos, en donde la propiedad privada, la explotación del trabajo, la dominación política, el patriarcado y la devastación de la naturaleza son necesarios para su reproducción.

[Publicado en la edición N°34 de Solidaridad.]

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