Análisis: La crisis en Brasil, por Perry Anderson (Parte I)

La crisis en Brasil

por Perry Anderson

Traducción de Luis Cortés

Los países BRIC están en problemas. Por un tiempo fueron los motores del crecimiento internacional, mientras Occidente estaba sumida en la peor recesión y crisis financiera desde la Gran Depresión, pero ahora son la principal fuente de ansiedad del FMI y del Banco Mundial. Por un lado está China, debido a su peso en la economía mundial: por la desaceleración en la producción y por la deuda himalaya. Por otro Rusia, que está bajo asedio, con una caída de los precios del crudo y con las sanciones internacionales mordiéndola. Luego está India: aguantando mejor que los otros, pero con estadísticas inquietantes. Sudáfrica está sencillamente en caída libre. Las tensiones políticas están aumentando en cada uno de estos países: Xi y Putin están reprimiendo el malestar a la fuerza, Modi es destrozado en las encuestas, y Zuma cae en desgracia dentro de su propio partido. En ninguno de estos países, sin embargo, la crisis económica y política ha reventado de forma tan explosiva como en Brasil, cuyas calles han visto en el último año más manifestantes que la suma de todos los demás.

Escogido por Lula para sucederle, Dilma Rousseff, la ex guerrillera convertida en su jefa de gabinete, ganó la presidencia en 2010 con una mayoría casi tan aplastante como la de su antecesor. Cuatro años más tarde fue reelecta, aunque con un margen mucho menor de victoria solo un 3% sobre su oponente, Aécio Neves, gobernador de Minas Gerais, en un resultado marcado por la mayor polarización en la historia de la región: un sur industrializado, sumándose a un sureste balanceándose pesadamente en su contra, contra un noreste que entregó una ventaja aún más aplastante que en el 2010, un 72%. Pero dentro de todo fue una victoria clara, comparable en tamaño a la de Mitterrand sobre Giscard, y bastante más grande, por no decir también limpia, que la de Kennedy sobre Nixon. En enero del 2015, Dilma desde aquí usaremos solo su primer nombre, como lo hacen los brasileños comenzó su segunda presidencia.

Al cabo de tres meses, grandes manifestaciones llenaron las calles de las principales ciudades del país, con al menos dos millones de personas exigiendo su salida. En el Congreso, el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) partido de Neves y sus aliados, envalentonados por las encuestas que mostraban que la popularidad de Dilma se había reducido a un solo dígito, se empezaron a mover para lograr el impeachment. Durante el Primero de Mayo, Dilma fue incluso incapaz de dar el tradicional discurso televisado a la nación; cuando se transmitió su discurso del Día Internacional de la Mujer en marzo, la gente golpeaba sus cacerolas y tocaba las bocinas de los autos: una protesta que después se hizo conocida como panelaço. De la noche a la mañana, el Partido de los Trabajadores (PT), que durante mucho tiempo tuvo, y por mucho, el más alto nivel de aprobación en Brasil, se volvió el partido más impopular del país. En privado, Lula se lamentaba diciendo: “Ganamos la elección. Al día siguiente la perdimos”. Muchos militantes incluso se preguntaban si el partido siquiera sobreviviría.

Pero, ¿cómo se llegó a esto? Durante el último año del gobierno de Lula, cuando la economía mundial seguía aún bajo las secuelas de la crisis financiera del 2008, la economía brasileña creció un 7,5%. Al asumir el cargo, Dilma endureció la política fiscal y así evitar los riesgos de sobrecalentamiento, para satisfacción de la prensa financiera, en lo que parecía el mismo tipo de política de reaseguramiento que el propio Lula aplicó al inicio de su primer mandato. Pero a medida que el crecimiento se reducía drásticamente, y los cielos financieros mundiales se oscurecían nuevamente, el gobierno cambió su rumbo, con un paquete de medidas dirigidas a fomentar la inversión para un crecimiento sostenido. Se bajaron las tasas de interés, se disminuyeron los impuestos sobre el salario, los costos de electricidad se redujeron, se incrementaron los préstamos al sector privado por parte de bancos privados, la moneda se devaluó y se impuso controles a los movimientos de capital. Catapultada por este estímulo, a mediados de su primera presidencia Dilma alcanzó una aprobación del 75%.

Pero, lejos de recuperarse, la economía desaceleró de un ya mediocre 2,75% el 2011 a un mero 1% el 2012. Con una inflación por encima del 6%, en abril de 2013 el Banco Central elevó abruptamente las tasas de interés, debilitando la “nueva matriz económica” de Guido Mantega, el ministro de Hacienda. Dos meses después, el país fue barrido por una ola de masivas protestas provocadas por el aumento de las tarifas de autobús en Sao Paulo y Río, escalando rápidamente a ser expresiones generalizadas del descontento con la calidad de los servicios públicos y, avivadas por los medios de comunicación, de la hostilidad contra un estado incompetente. De un día para otro, los índices de aprobación del gobierno cayeron a la mitad. En respuesta, el gobierno empezó la retirada, empezando cautelosas reducciones en el gasto público y permitiendo que las tasas de interés subieran de nuevo. El crecimiento se redujo aún más —llegaría a ser nulo el 2014— pero el empleo y los salarios se mantuvieron estables. Al final de su primer mandato, Dilma emprendió una desafiante campaña de reelección, asegurando a los votantes que iba a seguir dando prioridad a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, atacando a su oponente del PSDB por querer revertir los logros sociales de gobierno del PT al recortar beneficios sociales, golpeando a los pobres. Ante el constante bombardeo ideológico contra ella en la prensa, esto fue suficiente para lograr la victoria.

Sin embargo, antes que su segundo mandato comenzara formalmente, Dilma dio marcha atrás. Un golpe de austeridad, explicaba súbitamente, era necesario. El arquitecto de la nueva matriz económica fue despedido, y el jefe de la división de gestión de activos del segundo mayor banco privado de Brasil, entrenado en Chicago, fue instalado en el Ministerio de Finanzas, con el mandato de controlar la inflación y restaurar la confianza. Los imperativos ahora eran recortar los gastos sociales, restringir el crédito de los bancos públicos, poner la propiedad estatal en subasta y aumentar los impuestos para devolver el presupuesto fiscal a superávit. Rápidamente, el Banco Central subía la tasa de interés a 14,25%. Dado que la economía ya se había estancado, el efecto de este paquete pro-cíclico fue sumir al país en una recesión aún más profunda —con un descenso de las inversiones y los salarios. y el desempleo aumentando más del doble. Mientras se contraía el PIB, los ingresos fiscales caen, lo que empeoraba el déficit y la deuda pública. Ningún ranking de aprobación podría aguantar la velocidad de este deterioro. Pero el colapso de la popularidad de Dilma no fue sólo el resultado previsible del impacto de la recesión en las condiciones de vida de la gente. Fue también, más tristemente, el precio de su propia abdicación a las promesas por las que fue elegida. En su gran mayoría, la reacción entre sus electores era que su victoria fue un estelionato, un fraude: había engañado a sus seguidores vistiéndose con la ropa de sus oponentes. Luego de eso no hubo desilusión, sino ira.

Semiocultas, las raíces de esta debacle yacían en la misma base del modelo de crecimiento del PT. Desde el primer momento, su éxito se basó en dos tipos de nutriente: un súper ciclo de precios de los commodities, y un auge del consumo interno. Entre 2005 y 2011, los términos de intercambio de Brasil mejoraron por un tercio, ya que la demanda de sus materias primas desde China y otros países aumentaron el valor de sus principales exportaciones, junto al volumen de ingresos fiscales para gasto social. Hacia el final del segundo mandato de Lula, la participación de las materias primas en las exportaciones brasileñas saltaron del 28% al 41%, mientras la industria había caído del 55% al 44%; para el final del primer periodo de Dilma, las materias primas representaban más de la mitad del valor de todas las exportaciones. Pero a partir de 2011 los precios de los bienes de exportación más importantes del país colapsaron: el hierro se redujo de 180 a 55 dólares la tonelada, la soja de 18 a 8 dólares la fanega, y el petróleo de 140 a 50 dólares el barril. Para agravar el fin de la bonanza de exportaciones, el consumo interno tocó fondo. Durante sus gobiernos, la estrategia central del PT había sido expandir la demanda interna aumentando el poder de compra popular. Eso se logró no sólo por el aumento del salario mínimo y haciendo transferencias de dinero a los pobres —la Bolsa Família— sino por una inyección masiva de crédito al consumo. Durante la década 2005-2015, la deuda del sector privado total aumentó del 43% al 93% del PIB, con un nivel de créditos de consumo que duplica a sus países vecinos. Al momento de ser reelecta Dilma a finales de 2014, el pago de intereses sobre créditos de los hogares estaban absorbiendo más de una quinta parte de la renta media líquida. Junto con el agotamiento del boom de las mercancías, la ola de consumismo ya no era sostenible. Los dos motores de crecimiento se habían estancado.

El objetivo de la nueva matriz económica de Mantega del 2011 fue poner en marcha la economía mediante el levantamiento de la inversión. Pero sus medios para hacerlo habían disminuido. Los bancos estatales aumentaban constantemente su participación en capital de préstamo, de un tercio a la mitad de todo el crédito desde que se hizo cargo en 2006 —la cartera del banco de desarrollo del gobierno, BNDES, subió siete veces después del 2007. Las tasas preferenciales ofrecidas a las principales empresas del país sumaban una subvención mucho mayor que el apoyo a las familias pobres; la “Bolsa Empresarial” le costó al Fisco casi el doble que la Bolsa Família. Siendo favorable a las grandes empresas de materias primas y de construcción, esta expansión directa de la banca pública era anatema para una clase media urbana de ánimo anti-PT cada vez más violento, con una prensa local —amplificada por los medios financieros de Londres y Nueva York— que criticaban los peligros del estatismo. Por tanto, cambiando el rumbo, Mantega intentó, por un lado, impulsar la inversión del sector privado mediante concesiones fiscales y menores tasas de interés, a costa de una reducción de la inversión pública en infraestructura; y, por otro lado, intentó ayudar al sector industrial con una devaluación de la moneda, el real. Pero los guiños a la industria brasileña fueron en vano. Estructuralmente, las finanzas son una fuerza mucho más fuerte en el país. La capitalización combinada de sus dos mayores bancos privados, Itaú y Bradesco, duplica ahora la de Petrobras y Vale juntas —sus dos empresas extractivas más grandes— y es mucho más sólida. La fortuna de estos y otros bancos se ha hecho desde el régimen de interés a largo plazo más alto en el mundo —agobiante para los inversores, maná para los rentistas— generando increíbles diferencias entre los depósitos y los préstamos, con los prestatarios pagando de cinco a veinte veces el costo del dinero entregado por los prestamistas. Junto a esto, está el sexto mayor bloque de fondos de inversión y pensiones del mundo, por no hablar del banco de inversión más grande de América Latina, y un enjambre de fondos de inversión privada y de cobertura.

Bajo la creencia de que esto traería a los manufactureros a su lado, el gobierno se enfrentó a los bancos forzando las tasas de interés hasta una baja real sin precedentes del 2% a finales de 2012. En Sao Paulo la Federación de Empleadores expresó brevemente su reconocimiento por el cambio, antes de colgar banderas en apoyo a los manifestaciones anti-estatistas de junio del 2013. Los industriales habían estado felices cosechando grandes ganancias a partir del período de crecimiento de Lula, en el que prácticamente todos los grupos sociales vieron mejorar sus posiciones, pero cuando este periodo terminó con Dilma y la huelga estalló, fueron indiferente a los favores que les concedieran desde el gobierno. En la economía real no sólo había grandes empresas, al igual que sus contrapartes en el norte, siendo a menudo parte de grandes holdings financieros afectados negativamente por la fuerte presión de los ingresos rentistas —y por esa razón no eran fáciles de separar de bancos o fondos financieros-— sino que como grupo social los industriales forman parte de una clase media alta que es mucho más numerosa, vociferante y politizada que las filas de los hombres de negocios propiamente tales, con mayor capacidad ideológica y comunicativa en la sociedad. La hostilidad rabiosa de este estrato más amplio contra el PT terminó siendo compartida inevitablemente por los industriales también. Entre los banqueros, por arriba, y profesionales, más abajo, cada uno se comprometió a echar abajo un régimen que amenazaba sus intereses comunes. Entre ambos, los productores carecían de alguna autonomía significativa.

Contra este frente, ¿Con qué apoyo podía contar el PT? Los sindicatos, aunque algo más activos bajo Dilma, eran una sombra de su pasado combativo. Los pobres se mantuvieron como beneficiarios pasivos de gobierno del PT, que nunca los educó u organizó, y mucho menos movilizó como una fuerza colectiva. Los movimientos sociales —los sin tierra, o los sin hogar— fueron mantenidos a distancia. Los intelectuales fueron marginados. Pero no sólo no hubo potenciación política desde abajo; el tipo beneficios materiales que trajo el régimen creó poca solidaridad. No hubo redistribución de riqueza o ingresos: la infame estructura tributaria regresiva legada por Cardoso a Lula, que penalizaba a los pobres para consentir a los ricos, se mantuvo intacta. Distribución hubo, aumentando ostensiblemente el nivel de vida de los menos favorecidos, pero se hizo de manera individualizada. Con una Bolsa Família que tomó la forma de desembolsos hacia madres de niños en edad escolar, esto no podría haber sido de otra manera. Los aumentos del salario mínimo significaron que hubo una expansión del número de trabajadores con un assinada carteira, que les da derecho a acceder a un empleo formal; pero no hubo aumento, sino incluso una disminución, en la sindicalización. Por encima de todo, con la llegada del crédito consignado —préstamos bancarios a altas tasas de interés que se descuentan previamente de los salarios— el consumo privado se desató irrestrictamente a expensas de los servicios públicos, cuya mejoría habría sido una forma más cara de estimular la economía. La compra de productos electrónicos, de electrodomésticos y vehículos despegaron (los autos a través de estímulos fiscales), mientras que el suministro de agua, las carreteras pavimentadas, los autobuses eficientes, el tratamiento de aguas servidas, las buenas escuelas y hospitales fueron descuidados. Los bienes colectivos no tenían una prioridad ni ideológica ni práctica. Así que junto a necesarias, y genuinas mejoras en las condiciones de vida, el consumismo en su sentido más deteriorado se propagó por toda la jerarquía social, desde una clase media abarrotada, incluso para estándares internacionales, de revistas y centros comerciales.

Lo perjudicial que esto ha sido para el PT puede verse en vivienda, donde las necesidades colectivas e individuales se cruzan de manera más visible. Con la burbuja de consumo llegó una burbuja inmobiliaria mucho más dramática, en el que grandes fortunas fueron hechas por empresas urbanizadoras y de construcción, mientras que el precio de las viviendas para la mayoría de las personas que viven en las grandes ciudades se disparó, y mientras también alrededor de una décima parte de la población carecía de viviendas adecuadas. Del 2005 a 2014, el crédito para la especulación inmobiliaria y la construcción aumentó veinte veces; en São Paulo y Río el precio del metro cuadrado se cuadruplicó. En São Paulo los alquileres promedio aumentaron un 146% sólo el 2010. Durante los mismos años había seis millones de viviendas vacías, mientras que siete millones de familias estaban en necesidad de una vivienda digna. En vez de aumentar la oferta de vivienda popular, el gobierno financió a contratistas privados para la construcción de asentamientos con grandes ganancias en zonas fuera de la ciudad, cobrando rentas que normalmente están fuera del alcance de las capas más pobres de la población, y mirando tranquilamente mientras las autoridades locales desalojan a las personas que ocupan terrenos baldíos. Frente a todo esto, los movimientos sociales han surgido entre las personas sin hogar, siendo ahora los más importantes de Brasil: estos movimientos están alrededor de, sino contra el PT.

A falta de una contra-fuerza popular para resistir la presión concertada de las élites del país, Dilma sin duda esperaba, después de una estrecha reelección, que haciendo una retirada económica, con un ajuste de cinturón inicial como el de los primeros años de Lula en el poder, se podría reproducir el mismo tipo de recuperación. Pero las condiciones externas impidieron cualquier resultado comparable. El auge de las materias primas se ha ido, y la recuperación, siempre que proceda, es probable que sea tenue. Se podría argumentar que, visto en su contexto, la importancia de las dificultades actuales no debe ser exagerada. El país se encuentra en una grave recesión, con una caída del PIB del 3,7% el año pasado, y probablemente con una igual este año. El desempleo, por otro lado, aún no ha alcanzado los niveles de Francia, por no hablar de España. La inflación es más baja que en los últimos años de Cardoso, y las reservas fiscales son superiores. La deuda fiscal es la mitad de la de Italia, aunque por las tasas de interés brasileñas, el costo para pagarla es mucho mayor. El déficit fiscal está por debajo de la media de la UE. Todas estas cifras probablemente empeorarán. Aun así, hasta ahora la profundidad del agujero económico no coincide con el volumen de clamor ideológico que se hace al respecto: la oposición partisana y la fijación neoliberal tienen todo el interés del mundo en exagerar la difícil situación del país. Pero eso apenas reduce la magnitud de la crisis en la que el PT está tambaleándose, que no es sólo económica, sino política.

 

Publicado originalmente en London Review of Books: http://www.lrb.co.uk/v38/n08/perry-anderson/crisis-in-brazil

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