Adiós Mariquita Linda

Fueron dos libros, fueron dos racimos de crónicas que me leí como si me estuviera mandando al seco un cartoner en la cuneta. Estuve pegada a las páginas, reviviéndote en mi desleída rutina de estudiante en vacaciones, a ver si con tanta lectura, con tanto silencio y risotada que asomaba de repente entre vuelta y vuelta, lograba espantar un poco el terror deshojado de tu ausencia.

Todavía no me puedo despedir como corresponde, todavía clava la espina si se me cruza tu nombre en algún reportaje, por eso cuando vi el lomo rosado del Adiós despuntando en los estantes de la biblioteca pensé que esta sería una oportunidad perfecta para el desahogo, para liberarme de este Loco Afán de echarte tanto de menos. Y es que aún me pesa esa madrugada amarga de enero en que supimos que te habías ido. “La Yegua ha cabalgado”, dijo el Contrario, y parecía un final de novela, un título para tu cancionero tornasol que ahora se enlutaba con el sabor aciago de tu muerte.

Pareciera como si al acontecer nacional más se le notara lo podrido sin la claridad de tu lengua, de tu lápiz        Bic que era como un AK47 disparándole a la hipocresía. La noticia del Chile Campeón, la del cambio de gabinete en el late de Don Francisco, no hubiese sido la misma ni-ca-gan-do. Me falta tu lucidez en este país que olvida, tu compromiso político que no entendía de huevás truchas. Yo no le compro a esos figurines que predican una vocación de perdedores que no tienen, el fracaso reivindicado por gente que no fracasa no me lo trago ni con aceite, esos eran discursos que te sabías de memoria, que ya no te hacen justicia.

Es que te extraño tanto tus frases bolereadas que endulzaban mi insomnio de noche tuitera, tus plumas, tus pañuelos de colores, tus tacos altos, tu cara maquillada que se me aparece en cuanto travesti veo por las calles de los lupanares aquí en mi pueblo. “No llore tanto”, me decía mi abuelita, “no llore tanto, porque se les forma un río que no los deja salir del purgatorio”, y ahí, con esa chispa hereje que compartíamos, se me ocurrió que tal vez mis lágrimas refrescaban las llamas del infierno donde tal vez estarás más cómoda que en ese aburrido paraíso. Porque tu paraíso es lunfardo, es punga, es lumpen, tu paraíso es una estrella neón que brilla en la bohemia del cielo, con whisky –no nos olvidemos del whisky, ya que estamos allá habrá que tomar del bueno.

De tus textos se ha dicho harto, harto discurso latero intentando explicar desde el intelectualismo la chimba de tu tremendismo. Así que de eso yo no me ocupo. Yo quiero recordar el amor inagotable de tu corazón gitano, tu picardía, yo quiero que vean conmigo a esa loca que se atrevió a escupir los zapatos del ministro piñerarte, a la mariquita que se salvó de la sombra, la yegua que se escapó de las viejas cochinas cuando vino a leer a Talca y la tuvieron que ir a buscar a La Sota porque andaba de merequetengue en pleno posterremoto con las otras mariposas, a la que se iba a poner tetas con los millones que le dieron cuando la premiaron con el José Donoso en la Utalca. Puchas que hinché pelotas para que me llevaran a la ceremonia (en la FILSA el 2013), tuvieron que hacerme un hueco en el bus de la U, entre escenografía, arreglos florales, podio y papeles, sin saber que esa sería la última vez que podría escucharte. Santiago esa vez se me abrió de par en par con la ilusión de verte, esa ciudad común que compartimos a través de la palabra, todos esos espacios invisibles al progreso y al pecho inflado que eran tu escenario. La emoción me llevaba a rempujones entre los pasillos de ese “mall” literario, un papelito rasca donde reescribí el mensaje “nos parecemos en eso de ver hombres desnudos”.

Quién diría que mi regreso a la gran metrópoli fue para el funeral, sola como provinciana perdida, de a caballo en el metro para llegar a la Recoleta Dominicana. El primer cachetazo fueron los tacones glitter a la entrada de la iglesia, el cajón saliendo con la bandera del partido y la Karol Cariola llevándola a cuestas. Me confundí en el tumulto y pasé piola entre los arreglos que le tenían las pergoleras, las mismas de la crónica en el “de perlas y cicatrices”, ahora era ella la reina despedida. Caminé con el cortejo intentando reconocer las calles cuando me devolviera, miré los buses que llevarían a la jota al cementerio (después me dijeron que era para llevarnos a todos, pero yo no vi una y pequé de huasa poco ascurría), busqué a alguien que me encaminara, le pregunté a varios pijes que andaban tomando fotos y grabando con cámaras último modelo, pero nadie me pescaba. Ahí me llegó el regalo, la Pantu con su bandera mapuche al hombro, el Seba y el Abraham. Les vi cara de buena gente y les pregunté si iban al cementerio. Me dijeron al tiro que sí y nos fuimos al paradero que nos servía, no sabía dónde cresta estaba metida, dábamos vuelta calles sembradas de edificios, con el sol en la nuca, métale agua rancia para pasar el calor. A la yegua no más se le ocurre morir en verano. Tomamos la micro que nos llevaría a Lo Espejo, conversamos de la vida, de la muerte, de la literatura, me contaron sus pesares y yo les conté los míos. Ahí la Pantu dijo que yo los había engañado con mi pinta de niña hippie, pero que en verdad “soy terrible panroquer”. Alcanzamos a Pedro cuando la iban entrando a la necrópolis, escuchamos su manifiesto y fuimos testigos de la pelotera que se armó cuando habló la ministra. Mientras cantaba la señora mapuche, una viejita me vio con las manos vacías y me regaló la rosa que llevaba, para que se la dejara en la tumba porque ella se iba. Esperamos a que la bajaran, en la 560 donde está enterrada la mamá.

Pero el funeral no fue pura congoja, después que nos despedidos de “la prima”, con la Pantu, el Viss, el René, el Abraham y el Seba, salimos del cementerio y encontramos un quita pena. La Pantu dijo que se rajaba con las chelas y que después de pasar el calor me irían a dejar al terminal, entramos y había tremenda fiesta, todos cantando a guargüero roto a la Luz Casal, a la Paloma San Basilio, a la Rocío Dúrcal. Nos tomamos estas tres y te vamos a dejar, nos tomamos tres más y te vamos a dejar, nos tomamos tres más y te vamos a dejar, chucha, a qué hora tienes bus. Tranquilidad, si todavía no cambio el pasaje. Me dieron las ocho y yo todavía en Santiago ahogando la tristeza, riendo sin problema con las parroquianas, entonando un valsecito peruano mientras le dedicábamos el brindis a “La loca del Frente”. No me pregunten cómo llegué al terminal, pero me acuerdo que la Pantu me rebautizó como “la prima extranjera”, porque me pegué el medio pique solo para despedir a la prima difunta. Por ahí andan dando vuelta un par de fotos que nos tomaron entre tanta algarabía. Estas palabras en el fondo también son un regalo para ellxs, que dicen que me reciben allá con los brazos abiertos, que me dejan corazones en facebook, que siempre se acuerdan de saludarme para que no-me-olvides.

Viste, loca mía, que hasta el último momento me diste una alegría. Cómo no voy a llorarte tanto si nadie se te compara, nadie con tu valentía, con tu aura cursi que te hace irrepetible. Tengo las fotocopias de tus libros, más pirateadas que Condorito, y ando con una chela escondida en la mochila hace días, no tengo para qué tomármela sola con tu recuerdo en alguna esquina, porque mis amigos lemebélicos me van a esperar en la capital hasta el fin de la revolución marica.

6 Comments

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  2. Yo a Pedro lo amaba.Recuerdo haberlo visto una noche de un año nuevo del 2004, sentado sólo en una banca de Pedro de Valdivia, con su maquillaje corrido y la mirada ausente y sentí esa solidariedad que sólo las mujeres que hemos sufrido conocemos. Un intelectual fino y provocador, desgarrado por dentro.

  3. Señor Jaime Lepe usted escribeun poco demasiado barrococó.
    Trump piensa alinear a Chile con USA y dejar de lado a Argentina.
    Con que país se alineará usted? Con chile o con Argentina?

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