La trampa: la falsa facción del MIR

La infiltración de un miembro de los servicios de seguridad del régimen militar en un supuesto apéndice miliciano llamado La Resistencia,  terminó con una masacre en la esquina de San Pablo con Radal, Santiago. Hoy recordamos la oscura historia del “comandante Miguel”.

Por Periódico Solidaridad

Corría 1989 y la prensa informaba de un tiroteo en medio de una protesta donde dos jóvenes fueron heridos, Iván Palacios Guarda, tenía 18 años y murió en el acto. El otro, Eric Rodríguez Hinojosa, tenía 19 y sobrevivió unos cinco meses, en una larga agonía que culmina en un cuadro de septicemia, hidrocefalia y desnutrición el 4 de septiembre de 1989.

La verdadera historia fue revelada años más tarde por el periodista Víctor Cofré en su investigación La trampa (Historia de una infiltración) publicada por Lom Ediciones, que reconstruye el trágico camino de una veintena de jóvenes –en su gran mayoría menores de edad–, que caen en la trampa del autodenominado “comandante Miguel”, su jefe de célula.

Los adolescentes en su mayoría eran hijos de presos políticos o estaban conectados a detenidos desaparecidos. Estaban ansiosos de poder aportar en la caída de la dictadura y cayeron así en el oscuro plan de Miguel, un hombre que llegó a la población y a lo más íntimo de sus vidas. A través de un trato paternalista inició un vínculo que lo conviertió rápidamente en líder del grupo de jóvenes, creando un comando de resistencia que entrenaba para el combate, induciéndolos a los fierros, a poner bombas y participar en acciones de insurgencia.

Gran parte de los adolescentes venía de un solo colegio. Miguel, conocía sus historias de vida, se involucró en sus hogares, tomaba once con sus familias, se convirtió en un amigo cercano. A través de un fuerte discurso opositor los indujo incluso a operativos cada vez más delirantes que, en determinado momento, contemplaron incluso planes de asesinato de subversivos supuestamente “amarillistas”.

Las investigaciones no han logrado aclarar la identidad real del infiltrado, no se sabe si pertenecía a la CNI o la inteligencia del Ejército, lo cierto es que con mucha facilidad inventó una facción del MIR que no existía, usando a menores de edad como medio para llegar a hebras mayores de la subversión y a peces efectivamente gordos de la resistencia contra la dictadura.

Entre los antecedentes que se han logrado interceptar a través del relato de quienes lo conocieron, al parecer su propósito era llegar a Sacha, el hombre del FPMR que tenía la llave del arsenal que no alcanzó a ser requisado por las autoridades en Carrizal Bajo, y penetrar a la red nacional y latinoamericana de la subversión. Miguel se lleva incluso a alguno de los jóvenes a instrucción militar en Argentina, en un intento por identificar los vasos comunicantes que unían a la izquierda armada chilena con la latinoamericana.

En medio de los recientes mea culpa de la prensa ante su participación en apoyo de los montajes de la dictadura, La Trampa se presenta como un testimonio revelador y cruel, que da cuenta de cómo los organismos represivos lograron infiltrarse y atacar desde adentro a la izquierda chilena.

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