EL ANARQUISMO EN CHILE. Miranda vio que no quedaba nadie [2da parte]

En Valparaíso Luis Olea no se quedó. A poco de concluida la huelga se embarcó a las salitreras. En Pozo Almonte sí se quedó. La idea era clara: difundir el anarquismo, agitar, practicar la huelga pero de una manera insureccional. El periódico La Agitación, creado por Olea a su llegada, sirvió de espacio para propagar la propuesta libertaria, aunque el pensamiento ácrata, incipiente, ya había salido de Chile central –donde se asentó protagónicamente- en dirección a Iquique: los marineros se encargaron de ello.

El trabajo incansable de Olea pronto comenzaría a cosechar frutos. A fines de 1905, cuando se efectuó la Primera Convención Nacional de las Mancomunales (calificado como el primer congreso obrero chileno), participaron varias sociedades de resistencia recién nacidas en el norte. Y no sólo eso: estuvieron en desacuerdo con la resolución de presentar un pliego de peticiones al gobierno. Aquel negocio no era aceptable. Actuar dentro del sistema era una incoherencia para los anarquistas y, consecuentes, arguyeron que si no se modificaba aquella resolución se retirarían. Se retiraron.

Para 1907 el panorama norteño estaba cambiado. El ideario ácrata se había ensamblado en las mancomunales –nacidas en 1900- y varios de los principales líderes pampinos fueron libertarios. Poco antes de morir, en Iquique, Luis Olea fundó el “Centro de Estudios Redención”. A mediados de diciembre de ese año se realizó una huelga general salitrera, para exigir mejores salarios. En el suceso, el dirigente anarquista José Briggs fue elegido presidente del Comité de la Huelga. Olea, tal como en 1903 dejó todo para secundar a Magno Espinoza en el paro portuario, marchó al lado de Briggs y junto a él y a Rodríguez, Díaz, Vergara, Calderón, entre otros, comandó el levantamiento obrero. Junto a él, también murió: ambos recibieron las primeras balas que descargaron los fusileros de los regimientos Granaderos y Carampagne (de Iquique), O‟Higgins (de Copiapó), Esmeralda (de Antofagasta) y Artillería de Costa (de Valparaíso), mandados a pedir en buque para la ocasión y dirigidos personalmente por el general Roberto Silva Renard, quien dio la orden de la masacre. Antes arribaron más de 25 mil pampinos a Iquique para reunirse con los obreros del puerto y así consolidar, mancomunadamente, la huelga general del salitre. El sitio era una escuela, la Santa María. Allí murieron Olea, Briggs y más de dos mil trabajadores. No quisieron amilanarse. En Santiago el rumbo también había sido agitado.

Un año después de que los cuatro periódicos ácratas existentes se fusionaran en uno –Germinal- en 1905 se constituyó la federación de Carpinteros y la Sociedad de Resistencia de Zapateros, las dos anarquistas. Ciertamente eso no fue muy agitado. Pero sí lo fue aquello que sucedió entre el 22 y el 24 de octubre.

 

Magno Espinoza
Magno Espinoza

TRES PUNTALES QUE SE VAN
Lo que se inició como una “huelga de la carne”, como un mitin para protestar por el alza del costo de la vida, pronto tomó ribetes de gran movilización: los trabajadores se apoderaron de las calles por 48 horas, amenazando con entrar a la Moneda y a la Tesorería Fiscal. El gobierno constatando que la policía era incapaz de aquietar la muchedumbre, recurrió a los regimientos. La prensa oficialista acusó a los anarquistas de ser los responsables de los hechos.

El Mercurio estimó que “puede calcularse entre 25 mil y 30 mil el total de personas congregadas”. Dijo: “La noticia del levantamiento popular trascendió rápidamente a todos los hogares de Santiago, cuya juventud, inspirada en generosos propósitos de orden, cedió inmediatamente el local del Club de la Unión donde se procedió a organizar la guardia formada por esa misma juventud para secundar la vigilancia de la policía”.

A su vez, el diario ácrata El Alba escribió: “El pueblo ha sido asesinado (…) por la cosaquería y por la horda joven de la burguesía. Han sido asesinados cobarde y vilmente más de 500 ciudadanos y más de mil 500 heridos. El obrero pedía alimentación barata y se le contestó con la metralla y el sable”. La lucha definitivamente callejera, a la mejor forma libertaria, la acción directa, se mostraba como nunca antes, a pesar de que el historiador Julio César Jobert calificara la anterior huelga portuaria de 1903 como “la manifestación revolucionaria inicial de la clase obrera chilena, que indica el comienzo de la lucha de clases activa”.

Pero, la “semana roja” como se llamó, fue más insurgente, de allí en adelante se configuró una conciencia de clase más sólida y radicalizada. Las mismas sociedades de resistencia en 1906 crearon la Federación de Trabajadores de Chile (FTCH), que es la primera organización anarcosindicalista propiamente tal. En su momento, fue la agrupación más grande de Santiago. Ese mismo año –y luego de participar en las huelgas de los tranviarios, curtidores, metalúrgicos, transportistas, cigarreros, panaderos, impresores, muere penosamente, de tuberculosis, el que se pensaba imbatible mecánico Magno Espinoza. Igual le acontece a otro libertario: Agustín Saavedra.

Marcha de los obreros en huelga en Iquique antes de ser alojados en la escuela.
Marcha de los obreros en huelga en Iquique antes de ser alojados en la escuela.

Para 1907, el futuro del movimiento anarquista estaba bastante poco claro. Al deceso de Espinoza –el primero de los tres puntales- se sumaban los dolorosos alejamientos de Escobar Carballo –el segundo-, de José Tomás Díaz y Víctor Soto. Todos ellos se enrolaron en las filas del Partido Democrático. Del último puntal, Luis Olea, ya se dijo: acribillado en diciembre, en la escuela Santa María de Iquique.

Creada la Federación Obrera de Chile (FOCH) en 1909, a los ácratas se les ve aminorados. La herencia de las mancomunales y de la política reivindicativa, inserta dentro de la legislación vigente, tenía mayor atractivo. La utopía libertaria del todo o nada, la lucha por el cambio de sistema, no daba frutos. Por eso algunos importantes líderes anarquistas optaron por militar en el Partido Democrático –como Escobar- y dar el combate por dentro, aspirando a reformas. Por lo mismo, en el año 12, el ala más izquierdista de la FOCH, comandada por el tipógrafo Luis Emilio Recabarren, fundó el Partido Obrero Socialista (POS), el primer partido marxista en Chile.

En 1917, Julio Rebossio, Julio Valiente, Augusto Pinto, Juan Gandulfo y otros establecen en el país una filial de la International Workers of the World (IWW), organización anarquista con sede en Estados Unidos. Al año siguiente los ácratas tratan de recobrar el terreno perdido: nacen algunas sociedades de resistencia, se consolida la idea del anarcosindicalismo como vía factible para actuar en política y ya se afirma un nuevo espacio que será tomado como suyo: la Federación de Estudiantes de Chile (FECH).

Nacida en 1906, la FECH en un principio se preocupó de actividades recreativas y solidarias –como la Fiesta de la Primavera- sin ningún norte ideológico definido. Para 1913 hubo problemas puntuales, que cambiaron el cariz de aquella federación. Dicen Wenstein y Valenzuela, en “la FECH de los años 20”: “La FECH no se encuadró dentro de la idea de una “asociación de confraternidad estudiantil” como se quería. La FECH no expresó una actitud corporativa, sino el temperamento de una juventud inquieta, social y políticamente marginada, aunque tuviera acceso creciente a las profesiones liberales”. Agregan que para los primeros años de la década del 10, “la bohemia, encabezada por los alumnos de medicina, irá desarrollando con el tiempo un profundo desprecio de los partidos tradicionales y se aproximará crecientemente al movimiento anarquista, que comienza a levantarse en Santiago entre los artesanos y trabajadores de oficio independientes”.

En verdad, aquél era un relevantamiento. Y su carácter fue diferente al de la década anterior, donde la efervescencia ácrata se expandió a sectores que para 1913 estaban imbuyéndose del pensamiento marxista. Para 1918 la FECH ya era una organización de peso en el devenir político nacional. Presidida por Santiago Labarca, independiente ligado al sector progresista del Partido Radical (después fue diputado por esa agrupación), su vicepresidente fue Juan Gandulfo, líder anarquista de la IWW y estudiante de medicina. Desde años antes que el contacto estudiantil con los obreros había comenzado. La “Universidad Popular Lastarria”, creada por la FECH a iniciativa de Pedro León Loyola en 1910, pretendía eso, además de la instrucción mínima a los trabajadores.

Los centros de estudios, como el “Francisco Ferrer”, también eran instancias de encuentro obrero-estudiantil. Instancias preponderantemente ácratas. José Santos González Vera, el escritor, en Cuando era muchacho cuenta: “Cada domingo iba al Centro (Francisco Ferrer). En este no existía más que secretario. Los anarquistas, en su afán de eliminar la autoridad, acabaron con los presidentes. El término presidir involucra la idea de mando. El vocablo secretario la de función. El secretario cumple acuerdos, no tiene poder. Este concepto que disminuye la autoridad, al menos en apariencia, se incorporó más tarde a las costumbres sindicales”. En todo el período crítico –desde 1907 hasta la consolidación de la FECH- el anarquismo se desarrolló en un movimiento de autodidactas.

Pero los estudiantes habrían de intentar una nueva socialización de las ideas revolucionarias en un espectro más amplio. En el mismo 18, la FECH organizó la “Asamblea Obrera de Alimentación”, que es el primer frente amplio proletario chileno: participaron la IWW, los obreros no organizados, la FOCH, el POS y los estudiantes. En la oportunidad, estos últimos aprueban un voto específico: “Los partidos políticos sin excepción no inspiran confianza a la mayoría de la juventud”. Agrega: “La juventud en su casi totalidad encuentra caduco nuestro actual régimen”. También en 1918, se efectuó el Primer Congreso Nacional Estudiantil. Juan Gandulfo creó la imprenta Numen; la revista estudiantil Juventud –libertaria inició sus labores; y se revivió la “Universidad Popular Lastarria” –entonces en receso- calificada, y con razón, como “nido de anarquistas”.

goméz rojas
José Domingo Gómez Rojas

LOS MUCHACHOS CANSADOS DE LA VIDA
El anarquismo recobraba la fuerza de comienzos de siglo. Obreros y artesanos como Universo Flores, Francisco Pezoa, Casimiro Barrios, José Clota, Francisco Rodríguez, Moisés Pascual, Augusto Pinto, Armando Triviño, Julio Rebosio, Julio Valiente (acusado de subversión en 1919, estuvo meses encarcelado; murió a días de salir en libertad) y otros marcaron estos años. El sector bohemio y estudiantil le iba en zaga.

Dicen Castillo, Tirón y Valenzuela en La FECH de los años 30: “La mayor parte de la bohemia fue sensible al anarquismo. Algunos grupos tuvieron un carácter más bien festivo y alegre, como “La Roscala” y “El camarón con hipo”, con las clásicas bromas macabras de los estudiantes de medicina y el afán natural de escandalizar. No obstante, otros grupos, formados en torno a la bohemia más estrictamente literaria, cultivaron un sentimiento trágico de la vida y la sociedad. Entre estos, el más importante fue encabezado por Manuel Rojas y González Vera y formaron en él Gómez Rojas, Alberto Rojas Jiménez, Carlos Claro (posteriormente director de Claridad) y Sergio Atria, entre otros. Se bautizaron a sí mismos como “Los muchachos cansados de la vida”.

En el año 20, la FECH, Alfredo Demaria a la cabeza, hace sentir su peso definitivo. Nació la revista Claridad –la más importante tribuna ácrata- y se desarrolló la Convención Estudiantil (también dominada por los libertarios). En ella se constituyeron los principios de la Federación: “La solución del problema social nunca podrá ser definitiva y las soluciones transitorias a que se puede aspirar suponen una permanente crítica de las organizaciones sociales existentes”; “el problema social debe resolverse por la sustitución del principio de cooperación al de competencia, la socialización de las fuerzas productivas y el consiguiente reparto equitativo del producto del trabajo común, y por el reconocimiento del derecho de cada persona a vivir plenamente su vida intelectual y moral”; “acepta la acción organizada del proletariado y la acción política no militante en cuanto concurra a la realización de estas nuevas concepciones de la vida social”; “todo verdadero progreso social implica el perfeccionamiento moral y cultural de los individuos”. En aquella declaración de principios está manifiesta la mano ácrata. La idea de transformación a la manera de Bakunin (si bien no menciona la palabra revolución), Proudhon, Malatesta, Reclus. El concepto de apoyo mutuo propiciado por Kropotkin. El recelo a la actividad partidista. La noción de individualidad, indispensable para ser libre.

Aquél era tiempo de elecciones. Alessandri se alzaba como el candidato popular que luchaba por destronar la reacción conservadora de Sanfuentes, entonces presidente. Los estudiantes se debatían entre los que veían con buenos ojos al político populista y los que no: los anarquistas que nunca dudaron en despotricar contra la acción parlamentaria. Cuando Alessandri resultó electo, la revista Claridad editorializó: “Es necesario decir que la combinación política triunfante no lleva al gobierno a un programa que importe una verdadera renovación. Se limita sólo a refaccionar la fachada un tanto vetusta del actual edificio social conservando todo lo demás”.

Los otros, los de los buenos ojos, sí creyeron en la refacción. Antes habían ocurrido cosas serias: el asalto al local de la FECH, en junio del 20, el incendio de la imprenta Numen y el encarcelamiento y muerte de José Domingo Gómez Rojas. Similares a las que actuaron en la “semana roja”, turbas de “guardias blancas” asaltaron el Club de los Estudiantes, de Ahumada 73. Los universitarios Pedro Gandulfo –hermano de Juan- y Rigoberto Soto estaban solos para defenderlo. Trataron de hacerlo igual. Pero cómo. La turba entró, rompió, quemó y robó todo, acusando de “antipatriotas” a los estudiantes.

Al concluir el suceso Gandulfo y Soto fueron apresados por la policía “por asaltantes”. El gobierno de Sanfuentes había desatado una gran campaña contra los dirigentes obreros y estudiantiles. A los ácratas y revolucionarios dispersos les cabía papel protagónico. Labarca, Juan Gandulfo y numerosos trabajadores debieron esconderse. Las localidades y campos del sur de Chile fueron escondites. El juez del proceso, José Astorquiza, fue un eficiente verdugo. En especial, del poeta ácrata y estudiante de Castellano y Leyes, José Domingo Gómez Rojas, que no alcanzó a ocultarse y fue detenido. Preso, lo trasladaron a la Casa de Orates, allí murió. Su poema “Miserere” era conocido: “Juventud, amor, lo que se quiere/ todo ha de morir con nosotros, miserere/ Y hasta la misma muerte que nos hiere/ también tendrá su muerte, miserere”.

El deceso causó gran pesar obrero-estudiantil, pues Gómez Rojas era un poeta que daba qué hablar y su voz era importante en el ambiente libertario. Para su funeral asistieron más de 15 mil personas.
LA UNIVERSIDAD HA MUERTO
En 1921 asumió la presidencia de la FECH Daniel Schweitzer, también ligado al anarquismo. Para ese año, libertarios dan origen a un soviet estudiantil; constituido por los grupos “LUX” (de Medicina, en él participaba Oscar Selmake, futuro fundador del Partido Socialista), “Spartacus” (de Bellas Artes), “Rebelión” (secundarios) y “Renovación” (de Leyes). Estas agrupaciones tenían dos objetivos: instruirse y actuar.

Pertenecer a ellas era un asunto clandestino, a pesar de que a veces aparecían avisos de conferencias en Claridad. Se sabe que en más de una ocasión prepararon e hicieron explotar bombas en puntos del centro de Santiago. Bajo la tutela ácrata, la FECH rompe definitivamente con Alessandri.

La ruptura se hizo crítica con la matanza de 69 obreros en la oficina salitrera San Gregorio. Asimismo los anarquistas rompieron con la revolución rusa, siendo que en un principio –cuando no se sabía bien de ella- la celebraron. La revista Claridad en pluma de González Vera, dijo. “Si logra (Lenin) mantenerse en el poder convertirá a Rusia en una república básicamente colectivista, en donde seguramente los trabajadores estarán mejor rentados, pero en donde subsistirá la burguesía, transformada en burocracia”. Eso en 1921.

Al año siguiente la influencia ácrata en la FECH aún continuaba. Pero en el movimiento obrero se produjo una división: nace la Federación Obrera Regional de Chile (que sucumbe en 1927), liderada por Pedro Nolasco Arratia, de sectores que se desligaron de la IWW, la que continuó hasta el 40. Ambas eran anarquistas. Sin embargo, la diferencia entre los “prácticos” y los “específicos” comienza a aflorar. Los primeros sostienen que se debe actuar en el terreno político establecido, porque es la única manera de hacer algo. Los segundos arguyen que no, que eso es una contradicción en todo el que se diga libertario. El mismo 1922, se efectúa la “gran toma de la Universidad de Chile”, donde se introduce el tema de la reforma universitaria.

La FECH pasó a ser liderada por el no ácrata Eugenio González (luego, también fundador del P.S.), pero no muy tarde los anarquistas lo obligaron a renunciar. Y renuncia. El petitorio reformista era parecido al decálogo de Córdoba, Argentina, en el 18: libertad de cátedra, asistencia libre, revisión de métodos de estudio, cogobierno estudiantil, extensión universitaria. En los debates realizados en medio de la huelga los libertarios son los más radicales. Fuera de propiciar el paro indefinido, no estaban de acuerdo con reformas. Pensaban que la universidad debía acabarse: “La Universidad de Chile ha muerto por su propia sangre podrida y nada ni nadie podrá hacerla revivir ya”, escribió Claridad. Pero se equivocaron: la huelga sucumbió –la reforma también- y la universidad siguió existiendo. Fueron los anarquistas los que comenzarían a desfallecer.

Se llegó a la supresión, por parte del gobierno, de la “Universidad Popular Lastarria” y al levantamiento de una federación “estudiantalista” paralela – apoyada por Eugenio González-; a eso se llegó. Para 1925 la FECH ya había vuelto a ser una, pero en ella los ácratas ya no tenían el poder, que sí poseían los “estudiantalistas”.

Alessandri, al instaurar el Código del Trabajo en el 24, legalizando los sindicatos, propició un duro golpe a las organizaciones ácratas obreras, que estimaban que los sindicatos no podían ser legales y por tanto debían actuar en la ilegalidad. Además, nacido el Partido Comunista en el 22, varios libertarios –ante la decepción de no ver concretadas sus aspiraciones- se pasaron a sus filas. Otros para la elección de 1925, sarcásticamente levantan a Vicente Huidobro como candidato.

Para la reforma de 1926 participan los últimos dirigentes anarquistas estudiantiles: Magallanes Díaz, Alfredo Larraín Neil y Rolando Molina. Sin embargo, los anarquistas todavía molestaban: de los 180 presos políticos que Ibáñez relegó a la isla de Más Afuera en su dictadura (del 27 al 31), 150 eran anarquistas, 20 comunistas y 10 delincuentes, según el testimonio de un relegado. La figura anarca que más sobresale en la década del 30 es Pedro Nolasco Arratia. Trabajador gráfico, fundador de la Federación de Obreros de Imprenta, era un libertario “específico”. Todavía se le recuerda: en París, en la actualidad, existe un grupo anarquista que lleva su nombre.

 

Páginas interiores de "El Andamio". En la fotografía aparecen Clotario Blest, Ernesto Miranda, entre otros dirigentes sindicales.
Páginas interiores de “El Andamio”. En la fotografía aparecen Clotario Blest, Ernesto Miranda, entre otros dirigentes sindicales.

MIRANDA, EL PRÁCTICO
Ante la arremetida del Frente Popular y el andamiaje político partidista, los ácratas siguen en baja. Por eso crean la Central General de Trabajadores (CGT) que reunió a los cuatro grandes gremios históricamente libertarios: los panificadores, los gráficos, los educadores, y el cuero y calzado. Arratia la comandaba.

Era una organización de combate pero altamente inorgánica. El dirigente de la Federación del Cuero y del Calzado Ernesto Miranda estimó que la CGT no podía continuar en esa línea “específica”. Que debía tener un programa preciso y pelearle el terreno a los partidos políticos y a la Central de Trabajadores de Chile (C.T.CH.), la mayor organización obrera de la época.

Su postura era “práctica”. Anarcosindicalista. Asimismo, por esos años, cuando la IWW era absorbida por los hechos –uno de sus últimos dirigentes murió, en servicio, en un accidente automovilístico: Juan Gandulfo- quizá producto de su asco por la política parlamentaria, también afloraba la Federación Anarquista de Chile, afiliada a la Federación Anarquista Internacional, su purismo le deparó casi los mismos resultados. Pertenecieron a ella obreros, intelectuales y artistas.

Pero en 1950 el práctico Miranda, el anarcosindicalista más importante desde esa fecha hasta hoy, creó el Movimiento Unitario Nacional de Trabajadores (MUNT), que agrupó a doce federaciones y a varios sindicatos independientes. Esta agrupación sí tuvo importancia. Intentó como objetivo principal, la unificación sindical. Su fin era formar una central única de trabajadores. Y, junto a otros dirigentes y organizaciones –como Clotario Blest, la C.T.CH., el CRUS- lo logró, en 1953 nacía la CUT.

Su primera declaración de principios fue confeccionada por tres anarquistas de la CGT. En el 57 los anarcosindicalistas se retiraron de la CUT: se cambió la declaración de principios cuando la central única hizo pacto con el FRAP, conglomerado izquierdista para las próximas elecciones. Al año siguiente, Miranda va a Cuba a ver la recién acaecida revolución. Es declarado “hijo ilustre” por Fidel, llegado a Chile, crea el “Comité de Defensa de la Revolución Cubana”, siendo la primera organización que apoya la gesta en el país. La Federación Anarquista, por el contrario, declara en 1960 que, así como va, la revolución cubana terminará casada con los rusos.

Ese mismo año nace, de manos de Miranda, el Movimiento Libertario 7 de julio, nombre debido a la gran huelga ocurrida ese día del 55. Este grupo fue –junto a otros trostkistas, maoístas y socialistas insurreccionales- originador del Movimiento de Fuerzas Revolucionarias, en el 61, que tuvo una orgánica federalista y pretendió agruparse para constituir un conglomerado que presentara una lista única para la CUT y que fuera una respuesta radical al gobierno de Frei, así nació el Movimiento de Izquierda Revolucionaria: MIR. El 15 de agosto de 1965, en el “Salón Libertario”, de calle San Francisco 264. Su primer secretario fue el trostkista Enrique Sepúlveda, Miranda ocupó la subsecretaría. Clotario Blest fue del primer comité central.

En el 67, Miguel Enríquez y Luciano Cruz asumen la dirigencia del MIR, llevando consigo los postulados marxista-leninistas. Entonces Miranda notificó que él ya nada tenía que hacer ahí y el Movimiento Libertario 7 de julio se retiró. El movimiento anarquista quedaba por el suelo. La Federación también había muerto. Para las elecciones de la CUT en el 71, Miranda se presentó de candidato. Obtuvo más de mil votos, lo que, pese a no realizar campaña alguna, fue un buen espaldarazo.

En el mismo 1973, el 19 de mayo, se realizó el último congreso anarquista chileno en Curicó. Ernesto Miranda presentó una propuesta insólita: crear el Partido Socialista Libertario. No alcanzaba a terminar su explicación cuando vio que todos los asistentes se habían ido. Es que el pragmatismo de Miranda -considerado por algunos como el que mató el anarquismo en Chile- era demasiado para sus compañeros irresistiblemente libertarios. Que la anarquía pueda constituirse en partido, eso era demasiado. Había que retirarse. Eso dijeron.

[Marcelo Mendoza Prado. Publicado en revista APSI, diciembre de 1986 y enero de 1987]

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