Sobre la esperada ofensiva del Movimiento Estudiantil

Por Luna

Este 10 de Junio, la Confech, la Aces y la Cones, convocaron a una nueva Marcha Nacional por la Educación. Como ya es tradición de la lucha estudiantil, su alta convocatoria en las marchas constituye y demarca hitos en su camino, o mejor dicho, en su estrategia de lucha. Y esta vez, el objetivo está, al menos, medianamente cumplido, con más de 100.000 personas presentes en las calles, entre estudiantes y otros actores de la lucha social. Sin embargo, los coletazos y reacciones de la clase dominante, ya no son los mismos que años anteriores; su contenido a cambiado: mientras antes nos esperaba el silencio y/o las medidas parches que se desmoronaban antes de nacer, pareciera que hoy nos espera al final de la marcha, una boca de túnel, la gran boca por la que nos come Bachelet…

 

Las viejas y nuevas trampas de Bachelet

“Todos marchan para apoyarme”, “Esta marcha la siento como un respaldo a las reformas que estamos haciendo (…)”

Podríamos decir que esta triquiñuela mediática de gran potencia, pertenece al repertorio de nuevas trampas que aprendió la presidenta en sus innumerables viajes por el mundo. Se caracteriza por ser la más bizarra y astuta, aquella que por no tener ningún asidero en la realidad, constituye nada más y nada menos que una mentira. La táctica no es difícil de dilucidar, básicamente es echarse al bolsillo no sólo los títulos de las demandas, en la tan anunciada reforma, si no que convertir la protesta social en una ovación social, y de la forma más económica ¿Ha sido efectiva en aras de invisibilizar la protesta social? Creemos que sí, pero no todo es mérito de ella, también tenemos nuestra parte en el efecto. Si bien, no habíamos presenciado esta modalidad antes, esta táctica se hizo patente desde los albores de la campaña presidencial, y se hace necesaria nuestra autocrítica, viendo que llegamos a Junio sin tener una campaña mediática o movilizadora que nos permita obtener una diferenciación efectiva – es decir, tangible para la mayoría de la población- de las políticas del gobierno. Una diferenciación, que demuestre la oposición de ambos lados del conflicto, no la mera diferenciación de proyectos alternativos o de meros detalles, hablamos de proyectos diferentes y en disputa. Dicha diferenciación, debe expresarse fundamentalmente a nivel de contenidos, en el sustrato de nuestras demandas, y (para ser sinceros) de nuestro proyecto de “proyecto educativo”; pero no debe dejar de lado la crítica al interlocutor. No con la simple instalación de la “duda” respecto a la validez del interlocutor y sus mecanismos de diálogo, no con la mera “insatisfacción”; se hace necesario dar paso a una crítica histórica del interlocutor, definiéndolo claramente como un interlocutor inválido, a partir de una relación de los últimos años de la democracia y su trato o mal trato a la educación y al movimiento estudiantil. Relación que en gran parte es compartida por la mayoría de los actores de la educación. Ambos puntos han sido intentados por las vocerías del CONFECH, pero sin la repercusión esperada, ni en la opinión pública, ni en los espacios de deliberación estudiantil más básicos, como las asambleas de carrera, y los colegios. Los malos resultados pueden basarse en la mal desarrollada capacidad de reacción del movimiento estudiantil. Hasta hoy, sólo hemos estado reaccionando. Al menos en este aspecto, se hace necesario pasar a una ofensiva traducida en medidas comunicacionales o movilizaciones de mayor impacto.

 

Bachelet Boy’s  (O la llamada Bancada Estudiantil, o la tropa de Funcionarios sacados del mundo estudiantil.)

Mientras Piñera revisó todos y cada uno de los curriculums de profesionales jóvenes de clase alta y/o destacados funcionarios de lo empresarial, en la frustrada tarea por dotar de caras jóvenes a su gobierno, Bachelet invitó a los voceros del movimiento estudiantil a formar el suyo. Corta. En una jugada maravillosa, que todos veníamos venir, pero sin querer aceptarlo, Bachelet obtuvo el sustrato de lo “nuevo” que necesitaba para su nueva mayoría (que no tenía nada de nuevo, ni con el PC adentro). La expresión comunicacionalmente más abordada de este proceso de fagocitosis del mundo estudiantil, es la bancada de Diputados; no obstante, una gran cantidad de funcionarios del gobierno de la Nueva Mayoría fueron importados del movimiento estudiantil, y colocados estratégicamente en posiciones donde pudieran darle provecho a lo aprendido en años de lucha. El intenso trabajo de las organizaciones políticas que nos hemos propuesto durante años, construir un movimiento estudiantil desde abajo y con vocación de lucha, ha dado sus frutos; y hoy, la aparición de uno o más Diputados, no pone en riesgo la capacidad de movilización y paralización, como tampoco la profundización de las demandas y proyectos propios. Nos parece un desafío mayor para enfrentar, el conocimiento acabado  y de primera fuente, con el que cuenta el gobierno en esta pasada, no solo de nuestra orgánica, costumbres y elementos dinamizadores del movimiento, sino que de nuestras relaciones de fuerzas a la interna, rencillas y demases. Toda información valiosa, antes arraigada en el ámbito de la incomprensión, hoy se encuentra claramente delineada en la estrategia del gobierno, y el constante acoso que ha realizado a nuestros espacios de organización.

 

El Diálogo Participativo

Vieja trampa. Se nos propone como forma de eliminar la tensión respecto a la elaboración de la reforma, una vez más generada entre cuatro paredes, con un sistema “innovador”. Generando supuestos espacios “abiertos” de “participación”, donde el gobierno presentará los temas de su reforma y sus alcances, en un recorrido “descentralizado” que abarca 53 provincias en todo el país. El sistema se estructura en tres espacios de diálogo: “Diálogos ciudadanos”: participan todos los actores de la sociedad civil. No es más que un espacio de reflexión y consulta sobre el sentido social de la educación. Por tanto no es deliberativo, ni vinculante, en sentido alguno; “Diálogos temáticos”: participan sólo los actores directamente involucrados en educación, tratándose sólo los puntos temáticos de la reforma. No contempla en general, la participación de una multiplicidad de sectores en la elaboración de la agenda temática, los cuales quedan relegados a la discusión de “sentido social de la educación”, cuyos resultados difícilmente pueden ser recogidos en una reforma ya construida. Aquellos actores que queden dentro de esta segunda instancia, ven además sus posibilidades de injerencia real francamente anuladas, al encontrarse la pauta de discusión zanjada desde el gobierno. Una vez más no hablamos de un espacio resolutivo. Finalmente la instancia de “Diálogo Sectorial”, enfocado a recoger propuestas técnicas, y cuya estructura es únicamente bilateral, dispersando una vez más la fuerza de los actores en conjunto. El proceso se daría en un lapso temporal de fines de Junio a inicios de Septiembre, período fatal para el mundo estudiantil que tiene que enfrentar el cierre del primer semestre, las vacaciones de invierno y el inicio del segundo semestre, todos períodos de reflujo natural del movimiento. Pero lo devastadoramente insuficiente de la instancia de participación, resulta visible, al ser comparada con la ya conocida Comisión Asesora Presidencial del año 2006, cuyos tristes resultados no fueron más que una derrota para el movimiento estudiantil. Dicha instancia, consideraba actores que hoy simplemente no fueron invitados, o al menos no lo han sido hasta ahora, como por ejemplo grupos de académicos, representantes de diferentes religiones, hoy sólo esta incluida la Iglesia Católica,  y/o representantes de las diferentes etnias indígenas. Actualmente el grupo de invitados abarca exclusivamente el abanico de organizaciones cercanas a la Nueva Mayoría (CONES, CORPADE, Colegio de Profesores, Consejo de Trabajadores de la Educación de la CUT), sumando al CONFECH y la ACES, debiendo el primero definir prontamente su participación y el segundo, que ya se ha retirado de la instancia.

 

Nuestra Ofensiva

¿Es posible evitar caer en el estomago de Bachelet? Sí, la experiencia histórica lo comprueba, pero no es tarea fácil. Implica en primer lugar tener claro que es lo que entendemos como zafar de ser consumidos o de desaparecer bajos los dientes de una clase dominante astuta en el manejo del movimiento popular. Esto es ponernos metas claras a corto y largo plazo. A corto plazo, con una reforma elaborada y con una votación favorable asegurada, ponerse como objetivo el freno de  esta reforma parece demasiado; sin embargo, nuestra apuesta debe ser restar la falsa legitimidad que en sí ostenta, la cual se construye, al menos comunicacionalmente, en base a los tres elementos ya nombrados, y fundamentalmente a los ejes de contenido de la misma, los cuales no son tocados en esta reseña. Como sabemos, la reforma no otorga ni una, ni dos soluciones, a la lista de problemas que mantienen actualmente al sistema educacional en crisis, en todos los niveles educativos y con independencia del tipo de sostenedor. Por tanto, al menos durante los próximos cinco años, el sustrato material de nuestra crítica y movilización permanecerá constante. Aquello que puede parecer una garantía del crecimiento de un ánimo movilizador, se relativiza, en la medida en que la reforma aparece como lo que realmente es: un invisibilizador del conflicto, y por tanto de su principal actor, los y las estudiantes. Correr el tupido velo de legitimidad que se ha levantado con parafernalia  sobre esta reforma, es una garantía de subsistencia del movimiento estudiantil, y con él de la subsistencia de una lucha por la educación construida por y para nuestro pueblo, sino que también la acumulación hacia otros sectores del campo popular que se encuentran en una recuperación lenta, pero ascendente.

Durante los últimos años, y sobre todo en el contexto de conducción de la Izquierda Autónoma en lo estudiantil, se presentó en el seno del movimiento, la supuesta dicotomía entre una apuesta por la masividad en la movilización, y la apuesta por la radicalidad en la misma. La masividad entendida como un aumento en la participación de las capas medias de la población, acomodando de esta manera las principales consignas y los métodos de protesta  al tan manoseado “sentido común”, para lograr la integración de dichos sectores “medios” a la movilización misma. Por otra parte, la radicalidad, sin grandes esfuerzos de significación, era reducida a un conjunto de métodos de protesta, clásicos en el campo popular, que se veían descartados, por contener un nivel no adecuado de violencia en relación al estrato social medio que se buscaba conquistar. De forma que, el avance hacia una perspectiva clasista del movimiento estudiantil, se veía deliberadamente truncada en pro de conseguir la masividad y el ensanchamiento del apoyo nominal de las clases medias al movimiento estudiantil. Lo cual tuvo sus resultados a corto plazo, con un movimiento estudiantil fortalecido en las encuestas, dominando e incluso dirigiendo la opinión pública, y un buen espacio mediático. Sin embargo, a mediano plazo, dicho ensanchamiento no se tradujo en ninguna ganada concreta para el movimiento estudiantil; ni tampoco para los proyectos que nacieron a partir de él con la unificación de otros sectores del mundo social (perteneciente a las clases medias) tales como los diferentes intentos por proyectar una “asamblea constituyente” o el tan bullado “plebiscito por la educación”. Dicha estrategia, no generó una acumulación política importante para el mundo social en general, sino que generó una posterior disgregación y atomización; proceso favorecido por el nefasto ambiente de las elecciones presidenciales.

La alternativa presentada por las y los libertarios, y la que creemos debe seguir sosteniéndose en gran parte (más allá de que algunos sectores la den por abandonada), busca superar dicha dicotomía entre masividad y radicalidad. Entendemos que dicha relación dicotómica se encuentra mal planteada, fundamentalmente por la superficialidad con la que son abordados ambos conceptos en cuanto a sus definiciones e implicancias, y por tanto en cuanto a los actores sociales que involucran. En primer lugar, creemos que la masividad si bien tiene su primera  traducción en la generación de apoyos en torno al movimiento estudiantil, con el objetivo de generar una posición de fuerzas. Estos “apoyos”, deben superar la simple nominalidad, y/o la mera adscripción a un marco reivindicativo, ya que por este lado hemos visto que la posición de fuerza que se genera, no es real, si no meramente comunicacional, y por tanto nada perspectivable a largo plazo. Sabemos que una real posición de fuerzas, implica la generación de apoyos orgánicos; lo que en un mundo social descompuesto como el que enfrentamos exige redoblar los esfuerzos políticos en la recomposición de cada espacio de construcción popular. En segundo lugar, la radicalidad debe ser entendida como un avance en la profundización de las perspectivas clasistas del movimiento estudiantil. No como una imposición de los programas clasistas de las diferentes organizaciones políticas que confluyen en este frente, lo que difícilmente podría asegurar una evolución como la que se requiere; si no como un proceso dinámico, que ve su parte fundamental en un intensa praxis por la constitución de alianzas con otros frentes de construcción popular. Pero también un gran esfuerzo teórico, enfocado a la síntesis de los aprendizajes construidos conjuntamente, en la generación de nuevos marcos reivindicativos, cuyos niveles de complejidad vayan aumentando progresivamente.  Lo anterior, no busca descartar al concepto de “radicalidad” como ha estado definido hasta ahora en el seno del movimiento estudiantil, es decir, como un conjunto de métodos de protesta. Mas bien nos parece que este es un aspecto relevante en dicho proceso dinámico que señalamos, pero debe ser considerado en su correcta dimensión, y no como un aspecto totalizador del concepto. Nos parece que la construcción de los métodos de protesta, debe ser un aspecto consecuencial de una radicalidad plasmada en la política y en las orgánicas del movimiento estudiantil, inserto en el movimiento popular. Destacar también, que esta consecuencialidad, no busca establecerse como una subsunción de los métodos de protesta a las definiciones políticas, ya que es a todas luces un error -bastante burdo por lo demás- no identificar que en la medida que la radicalidad se exprese en métodos de protesta diferentes a consecuencia de la profundización de nuestra política, estos perfectamente pueden constituirse en causa detonante de lo teórico.

En base a lo anterior, la multisectorialidad, ha sido levantada como un concepto que permite sintetizar la masividad enfocada a los sectores populares, y la radicalidad como un proceso dinámico de síntesis orgánica y política, hacia una profundización del pensamiento clasista en el movimiento estudiantil, y por sobre todo en el movimiento popular. Esta estrategia, resulta la más coherente con el objetivo que nos hemos propuesto las y los revolucionarios durante los últimos años; básicamente ver a nuestro pueblo reconstruido y alzado. El movimiento estudiantil, tiene su rol fundamental de dinamizador de este proceso, y espacio de nucleamiento y fortalecimiento de los sectores populares, en los cuales puede radicar una real posición de fuerzas.  Nuestra ofensiva como estudiantes, nunca ha sido solo nuestra. Nuestra ofensiva se encuentra radicada en estrategia conjunta de un movimiento popular fuerte, con un marco reivindicativo multisectorial, y gran poder movilizador. Comenzar a trabajar en esto, es imperante no desde ahora, si no hace dos o tres años atrás. Hoy es meritorio cuestionar cual es el rol que ha cumplido nuestro acceso a diversos cargos de representación dentro de lo estudiantil,  y como estos se han traducido en una efectiva acumulación para esta estrategia.

 

 

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