A propósito de la unidad de la izquierda

Hace algún tiempo -sobre todo en la izquierda que se ha desarrollado y arraigado en el movimiento estudiantil- se ha planteado el problema de la unidad. Ya durante la campaña de Marcel Claude el tema se presentó con fuerza. Junto a las expectativas que generó, este proceso también minó y tuvo resultados contrarios a los esperados. No sólo fue expresión de división al interior de ciertos sectores que se resintieron con la apuesta electoral, sino que la misma fue un fracaso (en términos generales), tanto a nivel de votaciones como de desarrollo de espacios de unidad. La ingenuidad ante una posible “capitalización” de la fuerza social acumulada quedó en eso: un anhelo ingenuo derivado de una simplificación de los procesos de acumulación de fuerza.

El panorama en términos políticos no ha presentado más que desarrollos cuantitativos de lo ya abierto el 2011 y la pregunta por la unidad sigue presente, pero sin desarrollarse más allá de la construcción autorreferencial de algunos y de los vínculos “prácticos” de otros. En otras palabras, la línea de construcción de unidad de la izquierda revolucionaria se ha desarrollado como una unidad sin política, haciendo de los acuerdos consensos de maniobra (elección de federaciones, más que nada), pero no existen espacios de unidad política, donde esta implica, sobre todo, discusión de programa y estrategia o, donde existe, como en el Confech, el debate estratégico de la izquierda es prácticamente nulo. De este modo, los proto-partidos existentes se han fijado metas de crecimiento pero no de desarrollo, coronan sus logros cuantitativos, pero no expresan variaciones cualitativas en su política (el programa del movimiento estudiantil sigue siendo, sustancialmente, el mismo desde el 2011). Por lo tanto, es en parte el impase estratégico el que ha hecho que algunos sectores piensen que el desarrollo de la unidad de la izquierda pase por un retroceso a “la acumulación de fuerzas”. La unidad por arriba ha fracasado, dicen algunos, por lo que hay que volver a la unidad desde abajo. Lamentablemente, esta analogía espacial genera, rápidamente, un error en la concepción de la construcción programática y estratégica, haciendo que todo se bambolee en un “basismo” desorientado o un “aparatismo” vacío.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de unidad? Por un lado, cuando se habla de unidad no lo hacemos en términos genéricos. La unidad ¿es la unidad de la clase trabajadora? Sí, pero no es sólo su agrupamiento en términos cuantitativos lo que nos debe preocupar, sino que se trata, más en específico, de su unidad política, por lo que dicha unidad se realiza o expresa en forma de programa. Por ende, la unidad, como proceso de unificación de los trabajadores, es el proceso que va desde la emergencia de los conflictos inmediatos hasta su traducción coherente en un programa de lucha que unifique el quehacer mismo de la clase trabajadora (en todas sus expresiones). El problema es que ese debate no se da de forma abstracta, sino que está mediado por su forma histórica: los partidos. Así, la construcción de programa pasa, en gran medida, por la actividad de los partidos, no sólo por su rol efectivo como agentes que contribuyan a la construcción de la unidad, sino que la tarea central de todo partido, como intelectual colectivo (Gramsci) es la reflexión y construcción de un programa.

Una clase sin intelectuales orgánicos es una clase descabezada a merced del enemigo, una clase sin partidos es una clase que no puede auto-disciplinarse para la toma del poder. Pero los partidos no son el decantamiento lineal e inevitable del quehacer dentro de las organizaciones de masas, sino que maduran junto-a-y-por-medio-de las organizaciones naturales de trabajadores.

 

El elemento de unidad programática transversal, la posibilidad de la multisectorialiad, es el desarrollo de un programa de transformación nacional, un programa de unidad política de la clase y no sólo el apoyo solidario en las luchas particulares en cada sector –como lo han mostrado en los hechos las huelgas de IBM y Líder, sólo por nombrar un ejemplo reciente.

 

Pensar la política sin partidos es pensar política sin política, un engaño. Los partidos como fenómenos, como proceso que expresan la maduración de la conciencia de clase, existen independientemente de lo que puedan pensar los militantes o individuos, son formaciones sociales objetivas que cristalizan un proceso del mismo desarrollo de la lucha de clases. Y es que en última instancia, la disputa por la dirección de la clase trabajadora es la mayor preocupación de un revolucionario.

En una columna reciente, se señala de forma patente esta contradicción. Por un lado, enfatiza que la línea a seguir es la trazada por lo visto el 21 de Mayo, según ella, “el problema de la unidad, para que efectivamente estemos avanzando en un proceso que asegure las verdaderas y profundas transformaciones estructurales para Chile, no depende de las articulaciones políticas de izquierda, ni la sumatoria de orgánicas –ya hemos visto decenas de experiencias como ellas donde la política niega las reglas básicas de las matemáticas ya que no necesariamente la unidad de las partes hacen más que las partes por si solas-, sino que es algo mucho más complejo pero elemental y consiste en la articulación y unidad del pueblo.” Pero, más adelante, señala: “En Chile, si no logramos tener sectores claves organizados, y entre estos articulados en torno a un proyecto por el cual luchar, difícilmente lograremos superar las precariedades por las que atraviesan las expresiones políticas de izquierda”. La pregunta es cómo es posible conciliar este doble aspecto: la construcción de proyecto y la unidad de los sectores. En palabras simples, ¿cómo unir el desarrollo de lo político con la acumulación de fuerzas? O ¿Cómo hacer de la fuerza social una fuerza política? El proyecto que menciona la compañera ¿es producto del desarrollo de la fuerza o es parte del desarrollo de un elemento cualitativo diferente que se nutre de la fuerza pero no es idéntico a ella?

La paradoja es que la “construcción de proyecto”, el desarrollo de una línea multisectorial, el énfasis en la acumulación de fuerza, son decisiones de partido o, de otra forma, son los pilares que deben articular la unidad de la izquierda porque, paradójicamente, de ella depende que la clase obrera desarrolle el proyecto. Es decir, la construcción de una política que trascienda lo gremial pasa, necesariamente, por un grado de unidad de la izquierda que, obviamente, no puede reducirse a su unidad “por arriba” o a la “sumatoria orgánica” sino a su coincidencia en la tareas presentes y que la compañera delinea bien: “unidad multisectorial, con una férrea inserción en espacios claves del mundo sindical, gremial (sic), estudiantil, poblacional y de las luchas medioambientales, que permita pensar verdaderamente en robustecer un cuerpo con los pies bien firmes”. Por lo tanto, esto requiere -contraviniendo lo que señala más arriba-, una específica articulación de la izquierda y no descartarla. Lo que fracasó fue un intento de vinculación electoral, pero la articulación en el sentido de potenciar una fuerza social de izquierda permanente, es una tarea necesaria que debe convocar al conjunto de los sectores.

En otras palabras, el elemento de unidad programática transversal, la posibilidad de la multisectorialiad, es el desarrollo de un programa de transformación nacional, un programa de unidad política de la clase y no sólo el apoyo solidario en las luchas particulares en cada sector –como lo han mostrado en los hechos las huelgas de IBM y Líder, sólo por nombrar un ejemplo reciente.–  Es por medio de esa gimnasia sectorial que los agrupamientos revolucionarios deben introducir elementos transversales de carácter nacional que afectan al conjunto de la política, no a sus aspectos parciales, es decir, un programa que plantee no solo las reformas estructurales que necesitamos, sino que instale, además, la necesidad de la toma del poder por parte de los trabajadores desde hoy –que es diferente a tomar hoy el poder. Actualmente, el movimiento estudiantil (de forma contradictoria) pero así también empeños emergentes como el movimiento No + AFPs han avanzado en la línea correcta de desarrollar aspectos trasversales, propios de un programa de clase.

La lucha reivindicativa es un escenario de ejercicios, es una forma de acumular y medir fuerzas en un contexto determinado, pero también es el espacio donde los revolucionarios, sin confundirse con el sentido común de la clase (que hoy sólo expresa la dominación ideológica de la burguesía) instalan y obligan a elevar las reflexiones de los trabajadores. Ese es uno de los roles centrales de cualquier partido.

Lenin tenía razón cuando decía que la conciencia de clase viene desde fuera del conflicto directo entre patrones y trabajadores. La conciencia viene desde afuera de la lucha gremial, la conciencia de clase es toma de conciencia de la totalidad de la lucha de clases, del enfrentamiento del conjunto de la burguesía contra el conjunto de la clase obrera; sólo cuando la clase obrera deja de ser un gremio está capacitada para la toma del poder. Esta situación se muestra, por ejemplo, en el actual debate sobre educación, la reforma tributaria, el problema de la salud, etc., ninguno de estos conflictos son de un puro sector sino que colocan en cuestión los mecanismo de reproducción generales que enfrentan al conjunto de la clase trabajadora al representante general del capital: el estado. Hipotecar la unidad de la izquierda por la falta de fuerza en “las bases” es restringir –incluso eliminar- el rol de los partidos pero, así también, es negar que son estas perspectivas de conjunto las que pueden dinamizar procesos de acumulación de fuerza. Pero, más aún, evadir el debate estratégico y programático de la izquierda, el desarrollo de su unidad, es retrasar o bloquear, incluso, el desarrollo del mismo movimiento de trabajadores.

Por lo tanto, la construcción de la unidad de la izquierda es una necesidad ahí donde los partidos deben desarrollar aspectos que la clase trabajadora, en sus expresiones parciales, no puede desarrollar como mero gremio, sino que debe hacerlo bajo la forma de partido. De tal manera que el fracaso constante de la supuesta unidad de la izquierda, tiene como punto de partida un error en el diagnóstico y en la delimitación de tareas. Que la coordinación con fines electorales haya fracasado no quiere decir que haya que desechar la unidad de la izquierda, al contrario, el fracaso electoral obliga a pensar coordenadas diferentes para desarrollar un proceso de debate estratégico que combine la actividad en las organizaciones de masas, todo en el marco de desarrollar los aspectos programáticos básicos pero, que además, apunten a desarrollar un partido de clase obrera que permita enfrentar el problema central de toda revolución: la toma del poder.

 

Gabriel Rivas (*)

Santiago – Mayo 2014.

(*) Licenciado en Filosofía, candidato a Magister en Economía, militante del Grupo de Estudios Marxistas (GEM).

6 Comments en A propósito de la unidad de la izquierda

  1. Alejandro Andrés // 07/06/2014 en 10:40 PM // Responder

    Comentario al Artículo “A propósito de la unidad de la izquierda”:
    La importancia de la “estrategia” sin discutir de estrategia.

    La primera cuestión que aparece como problemática respecto del artículo aquí publicado, es la defensa abstracta que hace de la “unidad de la izquierda” toda vez que descontextualiza la definición política de Carla Amtmann que no se está refiriendo a la unidad en abstracto. ¿Quién podría estar en desacuerdo con la unidad en abstracto? o ¿quién no? La verdad aquel no es un problema que a alguien le interese. El mecanismo político para concretizar el debate de la unidad es ponerlo a la luz de un debate de estrategias, cuestión que el compañero Rivas afirma, pero que posteriormente no desarrolla. La crítica de Rivas a Amtmann es una crítica sin debate de estrategia y esto lo lleva a desvirtuar las ideas de la autora respecto de la unidad, llevándolo a afirmar que Amtmann habría renunciado a la “la unidad de la izquierda”. De esta forma se emprende una defensa abstracta también a la “unidad” en la medida en que el foco de su crítica es irreal.
    ¿Qué plantea Amtmann?
    Amtmann señala que “La unidad de las fuerzas de izquierda no es la tarea central en este periodo, ni tampoco lo que nos asegurará avances” refiriéndose a la experiencia de “las elecciones presidenciales y parlamentarias recién pasadas”. Se refiere a “la unidad de las distintas expresiones de candidaturas de izquierda”. Está cuestionando la idea según la cual “no quedaría más que impulsar – y por los demás confiar- en liderazgos políticos que tengan una “voluntad unitaria”, y junto con ello velar porque las fuerzas de izquierda generen puntos de acuerdo – programáticos y de acción- que permita ir avanzando en forjar esa articulación.”.
    Me parece que el artículo del compañero Rivas no deja claro si está o no está de acuerdo con este balance de conjunto que plantea Amtmann. Sólo sabemos que el autor considera que por medio de un programa y acciones que desarrollen dicho programa es posible hacer avanzar a la clase trabajadora ¿Qué opina de impulsar liderazgos políticos que tengan una “voluntad unitaria” en las elecciones?
    Para la autora “las fuerzas de izquierda y su disposición para la unidad” (no la unidad en abstracto, sino la unidad de liderazgos políticos unitarios que superen la dispersión de distintas “candidaturas de izquierda”) debe ser “expresión del nivel de desarrollo político y orgánico” de aquellas fuerzas. El problema para la autora de ¡UNIDAD, UNIDAD, UNIDAD! … ¿PERO CUÁL? Breve reflexión tras el 21 de mayo no es la unidad en general, sino la unidad a partir de la “la precariedad por la que aún atraviesa la izquierda”, el problema que empantana la unidad es poner todo el foco en la “unidad de las fuerzas políticas” de la manera en que la izquierda electoral desarrollo la unidad en las elecciones presidenciales y parlamentarias pasadas. ¿Hay acuerdo de Gabriel Rivas en esto?
    Para que quede más claro que Amtmann no está en contra de la unidad “de la izquierda”, que por lo demás es una formula recurrente que ha utilizado el reformismo para hablar de unidad, me permito citar el siguiente párrafo:
    “El problema de la unidad en este periodo, no puede ser visto sólo desde lo electoral, ni tampoco por tanto problematizado en base a los necesarios bloques, frentes, partidos o plataformas electorales que se requieren para esa contienda. Esa es una tarea, una labor, pero que se desprende y ha de ir acorde necesariamente –si de verdad queremos trabajar por un proceso revolucionario en Chile- de otras tareas aún más urgentes.”
    Y la autora expone como ejemplo de aquellas tareas más urgentes (“recomponer la articulación popular”) la columna de dirigentes sociales que el 21 de mayo en Valparaíso portaron el lienzo “Donde hay derechos, no hay mercado” y que ella describe como “unidad multisectorial, con una férrea inserción es espacios claves del mundo sindical, gremial, estudiantil, poblacional y de las luchas medioambientales, que permita pensar verdaderamente en robustecer un cuerpo con los pies bien firmes”. La autora y quienes se informaron de lo que pasó el 21 de mayo, saben que la organización que hizo y llevó aquel lienzo fue la UNE, un “partido” en sentido práctico, y que quienes portaron ese lienzo fueron dirigentes sociales reconocidos y de trayectoria que no es primera vez que marchan con la UNE, pero también dirigentes sociales y reconocidos como Melissa Sepúlveda, Naschla Uberman, dirigentes sindicales sin mayor vinculación política, e incluso Sebastian Eylwin. Esta columna fue posible por la decisión política circunstancial de los “partidos” de esos dirigentes sociales, que expresan la incidencia de esos partidos en el mundo social. Así marcharon unitariamente, tras la consigna “sin derechos, no hay mercado”. Esto fue unidad, unidad en la acción, que como acción reivindicativa es, además, política y es de la izquierda. Por tanto la dirección de la polémica es errada, o por lo menos no apunta a las ideas de Amtmann, ella no está en contra de la unidad, ni tampoco de la “unidad de la izquierda”.
    De hecho Amtmann propone lo siguiente, por si no fueran suficiente las demostraciones de preocupación por la unidad a niveles políticos:
    “Si estas expresiones de unidad multisectorial se quedaran sólo en una muestra propagandística, claramente tampoco tendría las proyecciones necesarias. Por eso es clave cómo además se apunta y se trabaja en base a ejes programáticos sectoriales, que se proponen por sobre todo avanzar en el fortalecimiento de las organizaciones de masa”.
    Y finiquita:
    “Los problemas de expresiones políticas para otras contiendas (electorales) no es eludible, eso es claro. Pero su impacto y aporte real, dependerá de la forma en que somos capaces de cumplir con el cometido de avanzar en mayores niveles de organización y conciencia.”
    Entonces, finalmente, despejando los debates de la unidad abstracta, llegamos al mismo problema que hace un año atrás. ¿Qué unidad? ¿Para qué? Como no es un problema abstracto, sabemos que no hay una única unidad. La cuestión así planteada nos lleva a la dispersión lógica, la cuestión fundamental, como ya ha escrito Gabriel Rivas en otros artículos, es ¿Para qué estrategia?
    La insipiente emergencia del debate de estrategias
    No es posible debatir de “unidad” o “unidades” si no reinstalamos la discusión de la estrategia, de las estrategias. Solamente de forma subordinada a la estrategia es que la discusión, en este caso de la unidad, puede estar delimitada y ser a la vez transparente. ¿Qué unidad para qué estrategia? ¿Qué programa para qué estrategia? ¿Qué partido para qué estrategia? O ¿Se trata solamente de reconstruir las matrices político-culturales históricas de la izquierda Chilena? Pero la izquierda revolucionaria no debate, entre sí, de estrategia. Sin embargo la unidad de los trabajadores se produce, y en la medida en que esto ocurre el debate de estrategias emergerá como el debate por la conducción política de la clase trabajadora, no por decreto, sino por la voluntad de poder de los revolucionarios organizados, de los “partidos”, de conducir la clase organizada en partido (en su sentido más general).

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  2. Ale, me alegra tu comentario, pero aclarar algunas cosas.
    1.- Por un lado, la crítica no es que la compañera no señale los ejes por donde va el desarrollo de la unidad, sólo trato de mostrar que no se es claro en las tareas de partido, propiamente tal, creo que decir unidad desde la base o de la lucha o desde lo social no es suficiente.
    2.- Creo que, justamente, el tema pasa por el debate estrictamente estratégico, de forma amplia y que es una tarea propia (no exclusiva) de los partidos… es ese debate el que debe ir decantando la unidad, junto al desarrollo de la tareas en “lo social”. Por lo tanto, si bien no es que la compañera esté en contra de la unidad, pero para que no sea la mera agregación de lo social debe haber un debate estratégico consistente que, asumo, está columna está muy lejos de cubrir
    3.- creo que en los énfasis la compañera invisibiliza los específico de la construcción partidaria al desplazar, justamente, el debate estratégico. no puede ser que el balance de lo que fue TALM sea: no “nos resultó desarrollar unidad desde la candidatura”, creo que el tema es más profundo y tiene que ver con la especificidad de la cuestión del partido.
    4.- de todas formas, creo que las reflexiones de la compañera van en una dirección correcta, no digo lo contrario, sólo trato de colocar un énfasis en la forma específica en que debe desarrollarse esa unidad: le partido.
    5.- saludines 🙂

  3. Es bueno desarrollar todas las tesis político teóricas que sean necesarias, y es más sano todavía conversarlas con los involucrados para llegar al fondo de este problema, que ya no es coyuntural, sino que es histórico.
    Pero hay que partir por algo sencillo y concreto, empezar por la voluntad verdadera (no meramente “teórica”) de hacer unidad y trabajar por ella, es decir, lo que le llaman comúnmente “construir”. Lo mejor es partir por un reconocimiento franco y crítico de la realidad. Si eso ocurre, ya podremos encontrarnos en un punto de inicio para transformar cualquier realidad. Los grupos (o microgrupos) de la izquierda estamos faltos de madurez.
    Sería bueno asumir que el 2013 se llevó adelante una campaña en la que:
    – No se trabajó tanto como se teorizó acerca de un “gran salto”. Esto solamente generó más disconfiormidad o recelo de los numerosos adherentes no orgánicos, que desde el pragmatismo juzgaron de “pajeras” a las micro organizaciones políticas.
    – Las organizaciones de la izquierda No procuramos una participación democrática, amplia, participativa en la base. Esto fue más bien discurso. La idea de construir un amplio referente, se quedó en el tintero y apenas sí pasó a la pluma, pero practicamente nada a los hechos concretos.
    – Se abandonó el barco tan pronto como se vio en riesgo el orgullo propio. Si se pretende construir ampliamente y nuestros micro-grupos se valoran a sí mismos como organizaciones con condiciones para el liderzago (o la “vanguardia”), hay que actuar con cierta coherencia y valor (valor de valentía), porque el camino es bien largo y apenas se inicia. Si se pretende golpear con fuerza, es vergonzoso terminar echándose a morir ante el primer contraataque duro, lo que solamente termina haciendo parecer al “proto partido” una banda de conejos.
    – Faltó iniciar y cerrar el proceso. Cada quien se acomodó como pudo en las instancias preferenetemente de mayor control, pero llegada la hora de retroceder, tomaron sus maletas y, metafóricamente, volaron. Por lo mismo, pareciera que nadie asumió responsabilidades. Pocos hicieron de esta experiencia un momento para analizar el proceso en forma colectiva y crítica; pocos buscaron recoger de los aciertos y de los errores, de los avances y retrocesos, algo que sirva para el trabajo de construir entre muchos (cuando se trata seriamente de la Unidad, debe haber algún sacrificio un poco mayor de lo acostumbrado). Más bien, los micro grupos o “proto partidos”, tomaron el papel de los partidos tradicionales en su etapa de decadencia, de esos que (con sus bondades y con sus males) formaron el MIDA o el JUNTOS PODEMOS. Y poco hicimos para estar a la altura de la gran azaña que aquellos llevaron adelante para construir la UP.
    Quizás este es el problema. Que, aunque el micro partido tenga un nombre distinto y promulgue ideas algo vagas para rediscutir las certezas de los partidos y las historias de antaño, la realidad es que aún no madura la herencia más báscia de una izquierda derrotada, esto es: todavía no madura el hecho de que no se ha sido capaz de salir de esa derrota y de asumirla con profundidad práctica y teórica.

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